Un sindicato consecuente en cada empresa y toda la clase obrera de la floricultura en Untraflores

«Me gusta asistir a los seminarios y a los mítines»

La huelga en Benilda

Daniel tiene 51 años, pero en realidad revela menos, no tiene ni una sola cana. Tal vez los más de 20 años haciendo diariamente en bicicleta un recorrido de varios kilómetros para llegar al trabajo le hayan servido para contrarrestar el desgaste físico y mental de las abrumadoras jornadas de trabajos repetitivos en las floras. O quizás su caso sea el de un hombre de una resistencia física excepcional. A los siete años ya era labriego en Mariquita, Tolima.

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«Aidé nos enseñó a luchar por lo nuestro»

La huelga en Benilda

Marleni nació en Yacopí, Cundinamarca, muy pequeña llegó a Facatativá con su madre y su hermano mayor, quien se convirtió en la cabeza de la familia. Estudió hasta cuarto de bachillerato y se casó. Las obligaciones le impusieron dedicarse a trabajar. Tiene tres hijos. Hace dos años por fin pudo adquirir vivienda propia, de las llamadas de interés social. Durante cinco años estuvo en Inversiones Calipso (Papagayo) y duró 11 en Benilda.

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«Querían acabar la gente antigua, esa fue la razón de lo que sucedió»

La huelga en Benilda

—Mi experiencia en Benilda fue bonita, nunca me faltaron al respeto y confiaban en mi trabajo. Lo único triste es que nunca pensamos que terminara como terminó, fue doloroso, no esperábamos la forma en que querían arrebatarnos nuestros derechos, que nos correspondían legalmente. Papá Mejía se preocupaba por el bienestar de todos, no sé por qué cambiaron tanto.

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Superando el temor los obreros de las flores se han lanzado a la lucha

La huelga en Benilda

El 7 de septiembre en los vestidores de San Marino parecía que nadie tuviera afán por mudarse como sucedía a diario, sin embargo, la mayoría había llegado al cultivo más temprano que de costumbre. Nadie hablaba, se sentía una calma tensa. Al fin, el supervisor Carlos Sánchez, entre agresivo y timorato, rompió el silencio: “¿Bueno, y ustedes qué piensan de la vida?”, después de un rato, que pareció eterno, Hortencia, pausada y firmemente, contestó: “pues que hoy nos vamos a tomar todo el tiempo que queramos para el desayuno”. Lentamente se pusieron los raídos overoles de color crudo —”we grow beautiful flowers”, estampado en la espalda—, las viejas botas de caucho —la empresa desde hacía dos años había dejado de entregar las dotaciones dispuestas por ley— y empezaron a salir en fila al camino, pero no con rumbo a los invernaderos, en los que a diario los esperaba el tormento de cortar, desyemar, limpiar, guiar, desbotonar unas plantas cundidas de plagas y enfermedades, tan quebrantadas como quienes las cuidaban, sino hacia el punto de confluencia conocido como la Curva de los Espejos. Mientras caminaban, Aidé no se despegaba de su teléfono, en el que tenía registrados con clave de marcación rápida a los activistas de todas las áreas. En la de clavel, donde ya todos los operarios habían entrado pero aún ninguno laboraba, sino que miraban hacia el cielo como esperando algún signo de lo alto, de pronto se oyó, atronador, el grito de Luis Carlos: “San Marino paró”, que como un trueno retumbó por toda la plantación. La huelga más larga y corajuda en la historia de la floricultura colombiana acababa de empezar.

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¡Obreros del Grupo Nannetti: no dejen solos a sus hermanos de Guacarí, la derrota de ellos sería también la de ustedes!

Asamblea en la huelgaLos trabajadores de Guacarí entraron al décimo día de heroica huelga general. La terquedad de la empresa es tan grande que ha preferido no llegar a ningún acuerdo, a pesar de que le saldría más barato pagarles a los empleados antes que sufrir enormes pérdidas por el deterioro del cultivo y por la flor no vendida, en un momento en que ésta escasea en el mercado.

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