Un sindicato consecuente en cada empresa y toda la clase obrera de la floricultura en Untraflores

Editorial: Lecciones para no olvidar

El segundo semestre de este año ha sido rico en sucesos que han puesto en juego el aprendizaje adquirido por Untraflores en ya casi una década de lucha por construir una corriente sindical acatada por los floristeros, decidida, con la suficiente lucidez para entender cuáles son las principales necesidades de las masas, actuar oportunamente y tener la perseverancia suficiente para no desesperar ante las dificultades ni las derrotas.

En el lapso de estos pocos meses hemos afrontado dos negociaciones colectivas: en C.I. Splendor Flowers Ltda. y en C.I. Pardo Carrizosa Navas y Cia. Ltda., de los grupos Nannetti y Chía, respectivamente; las maniobras de Agrícola Papagayo para tratar de desprenderse de los trabajadores sin cumplirles con sus derechos legales; la concreción del laudo arbitral en Flores Cóndor y la defensa del mismo ante las triquiñuelas dilatorias de la compañía para acatarlo. Pero, por sobre todo, debimos hacerle frente a la más dura prueba de nuestra historia y, justamente, en la compañía que vio nacer a Untraflores, en mayo de 2001, Benilda S.A.C.I. Además, pudimos ligarnos a otro conflicto que dejó una honda huella en la Sabana de Bogotá: la lucha mancomunada de los trabajadores y de los usuarios en procura de impedir la privatización del hospital San Juan de Dios de Zipaquirá.

La huelga de los 500 proletarios de Benilda conmovió la zona occidental de la sabana y convocó la solidaridad del pueblo y de la clase obrera, del clero, y de diversos sectores y personas e incluso de algunas autoridades democráticas y progresistas que pudieron comprobar, casi con incredulidad, hasta donde han llegado los desafueros patronales en la floricultura. Pero el movimiento concitó también el odio acerbo de los empresarios a los asalariados y sus líderes, contra los que no ahorraron ninguna calumnia, con el propósito de poner en cabeza de los escarnecidos obreros los males causados, incluido el cierre de la empresa, fruto genuino de la acción dolosa de los propietarios.

La huelga de Benilda se constituye en el mejor curso de capacitación sindical y táctica de lucha. El éxito del movimiento —consistente en la determinación del gobierno, tomada a través de la Superintendencia de Sociedades, de liquidar judicialmente la compañía, contra la pretensión de los dueños de deshacerse de los trabajadores sin pagarles una sola de las deudas y arrancar de cero una nueva firma— no podría explicarse sin el largo y cuidadoso proceso de formación adquirido por un relativamente pequeño grupo de activistas que no cejaron ni un día, soportando incluso la incomprensión de sus propios compañeros, en denunciar las tropelías, impartir educación, oponerse a cada injusticia, hasta sembrarse en el corazón de los operarios que, en el momento decisivo, pusieron su destino en esas manos probadas una y otra vez.

Con esa preparación pudieron tomar las decisiones acertadas en el momento preciso. Fueron capaces de identificar que ni los obreros querían seguir soportando los atropellos y las violaciones hasta de los mínimos derechos de ley, ni los patrones podrían sostener por más tiempo su comportamiento, si había quien los desafiara.

El sindicato lanzó el paro el día justo, ni uno antes ni uno después, unificó a los trabajadores de todas las secciones, no se permitió distracciones en peleas secundarias, por ejemplo las que pretendió casarle el sindicato patronalista. Respondió medida por medida a las triquiñuelas intentadas por los Mejía y los desenmascaró en cada una de las reuniones realizadas con distintas autoridades para tratar de llegar a un acuerdo. Demostró la máxima flexibilidad cuando sujetó el retorno al trabajo solamente al pago cumplido del salario y de la seguridad social en salud, y se mostró dispuesto a aplazar el resto de las acreencias; pero no vaciló en dar su negativa rotunda cuando pretendieron embaucarlo en una propuesta que eliminaba todas sus garantías extralegales, la mitad de los empleos y ponía en riesgos las acreencias por salud, pensiones e indemnizaciones. Por sobre todo, practicó una política de masas, vinculó a fondo las negociaciones con la movilización y pudo convencer a las bases de que su suerte estaba en sus propias manos y no en la de una u otra persona.

Asuntos similares puso sobre la palestra la lucha de los empleados del hospital San Juan de Dios y del pueblo de Zipaquirá contra la privatización de la salud. Probó, un vez más, que los oprimidos de todos los sectores están dispuestos a luchar, siempre y cuando no se permita que los entrampen en las redes tendidas por los opresores, duchos en cubrir con mantos de bondad sus peores designios.

Estos ejemplos muestran claramente que las masas se disponen a la lucha si se les convoca, si no se les adormece el ánimo combativo que permanece latente, para luego acusarlas de no responder frente a los atropellos.

Señalan también estos episodios que si bien es cierto el pueblo y la clase obrera padecen de años de abatimiento, se levantan si se les guía con una posición firme y un trabajo perseverante y sus líderes no retroceden ante las amenazas ni se dejan confundir con los halagos.

Demuestran ante todo que las masas populares necesitan de un estado mayor con todas esas virtudes, que no se detenga únicamente en los pormenores de un gremio, que contemple los acontecimientos con una amplísima perspectiva, la cual se alcanza solamente quemándose las pestañas y comprometiéndose en la lucha.
Aprendamos de estos ejemplos y preparémonos para mayores batallas.