Un sindicato consecuente en cada empresa y toda la clase obrera de la floricultura en Untraflores

«Me gusta asistir a los seminarios y a los mítines»

La huelga en Benilda

Daniel tiene 51 años, pero en realidad revela menos, no tiene ni una sola cana. Tal vez los más de 20 años haciendo diariamente en bicicleta un recorrido de varios kilómetros para llegar al trabajo le hayan servido para contrarrestar el desgaste físico y mental de las abrumadoras jornadas de trabajos repetitivos en las floras. O quizás su caso sea el de un hombre de una resistencia física excepcional. A los siete años ya era labriego en Mariquita, Tolima.

—En el campo trabajaba en la caña de azúcar, era cortador de caña y sembrador y desyerbador y cargador, cuando eché a crecer cargaba las bestias, y de lunes a viernes o sábado trabajaba en las moliendas desde la madrugada hasta diez de la noche. A los 12 años, como le caí bien al patrón me dio caña y una parcela para que sembrara por cuenta mía, llegué a moler hasta 150 cargas. Pero me salí del campo por prestar el servicio, yo mismo me entregué, porque me atraían las armas y la vida militar. Cuando salí, una tía que era jefe de casino de la hidroeléctrica de Mámbita, me ensalzó para que me fuera para allá, ella cocinaba en el campamento de Ingetec, que me enganchó a trabajar; de ahí pasé a Campenon Bernard. En el Guavio duré cinco años.

¿Que qué pasó con las cañas?

—A sí, yo me fui teniendo mis cañas en el Tolima, se enrastrojaron, me tocó venderlas, me dieron 250 mil y así quedó.

—Cuando regresé del Guavio trabajé 10 meses en Cardenal, 10 en Splendid del Rosal; luego, en yogures Chambourcy, un año; después en Promasa, luego en Alpina; entonces me salió en Santana Flowers y estuve un año; me retiré y pasé a Azulejos Corona a traer caolín de Zipaquirá en volqueta, pero el dueño de los carros se voló y nos robó cinco meses de trabajo; ahí fue cuando entré a Benilda y ahí pegué.

Tiene tres hijos, un hombre y dos mujeres. Ha construido junto con su compañera dos casas de dos pisos, haciéndose liquidar cada seis meses o cada año, ahorrando y prestando en el Fondo, y trabajando el mismo en la construcción.

—Me gustaba trabajar las horas extras por eso luché porque me pasaran a la poscosecha. Duré 7 años en cultivo, 7 en sala, luego de nuevo en cultivo, y al final otra vez en sala. Lo único que no se trabajar de la flora es el plástico. De resto me las se todas: guiada desbotone, descabece, clasificación, fumigación, riego corte, empaque, clasificación.

A pesar de eso no desea volver a trabajar en las plantaciones florícolas, se le nota cansado. Está buscando puesto en celaduría o como chofer o en oficios varios.

—Anhelo conseguirme un trabajo diferente, aunque si me toca volver no me daría duro. Me da vaina de la empresa, lo bueno que era al comienzo, hace 6 a 8 años echó a cambiar, eso fue la mala administración.

Estuvo entre los primeros en afiliarse a Untraflores, cuando las seis fundadoras, por fin, rompieron el cerco.

—La vida sindical me dejó cosas muy bonitas, aprendí en los seminarios, me gustaba mucho no perdérmelos, lo mismo los mítines que se hicieron. Si no hubiera sido por el sindicato todo se hubiera ido a tierra, se hubiera perdido. Gracias a Dios, por el sindicato se vieron los resultados. A muchos no les gustaba pero se dieron cuenta que sirve para muchas cosas.

—-Mire, yo creo que en la huelga hubiéramos aguantado más. Ya después de dos meses si tocaba ir a quedarnos a Bogota, hubiéramos ido, la gente con más rabia se animaba, porque no nos ponían cuidado a las peticiones de nosotros. El personal se dio cuenta de que no éramos ningunos novatos, ya no teníamos miedo de nada, los que estábamos afiliados lo afrontábamos, los demás tenían duda, pero se convencieron de que sí pagaba la lucha.

—Yo sí pensaba que algún día íbamos a tener apoyo, pero sobre todo de afuera, mas no de todo el personal. Por lo regular la gente de poscosecha no se animaba, pero no fue sino hacer la primera reunión acá en la sede, y ése día nos faltaron afiliaciones. Luego de conocer la casa sindical se animaron. Fue muy importante el último periódico ,la gente se cogió confianza y se dio cuenta que era como decíamos; A mí se me acabó el que llevé, yo me volaba de la “posco” y era como pan caliente que lo vendía.

—A mi y a los compañeros la huelga nos trajo mucha experiencia y mucha animación. Había unos pocos que, como al mes, decían que no íbamos a salir con nada. Cómo vamos a aflojar si no nos falta nada, les decíamos. Hagamos cuenta de que esto es de nosotros, nada nos falta por las ayudas. Si con el tiempo toca pues nos apropiamos de esta tierra. Así sea por dañarle el caminado al patrón.

— Tenemos que bregar como podemos seguir en el sindicato o si no quedamos como huérfanos; cuando me despedí de Aidé, Esperanza, Edelmira y de los demás, les dije: compañeros yo la sede no la abandono ni por el chiras, así esté donde esté vengo a nuestras reuniones, a donde toque yo soy del sindicato y voy a seguir.

¿Por qué se le ve tan entusiasmado hablando de este tema?

—Yo les decía a la gente: ustedes necesitan asesoría, necesitan aprender de esto, el sindicato es una clave buena para no dejarse amedrentar, es una guía muy potente para dominar a los patrones, nosotros los dominamos, los sacamos, tuvieron que pedirnos permiso.

¿No le entra algún arrepentimiento cuando escucha decir a tanta gente que ustedes acabaron la empresa?

—Nunca en la vida, el sindicato, la asesoría, los que nos apoyaron, eso le da fuerza a uno. Como uno estar enfermo y le den una buena droga, después de estar uno muerto revivir. Pensar que nos mandaron tanquetas, policías y nosotros los dominamos, si no estuviéramos en el sindicato nos habían sacado como perros, ahorita los que vamos a celebrar somos nosotros porque ganamos la batalla. La gente se siente contenta y animada. Hubieran aguantado 20 días o un mes más, sabían que estábamos ganando la batalla. Donde uno esté el sindicato es muy bueno, es una orientación muy bella para el trabajador. Cuando uno viene aquí —a la sede de Untraflores— se siente en una escuela donde viene a recibir clases de un profesor.

Bueno, Daniel, pero entonces ¿qué fue lo que pasó con la empresa?

—Fácil, ellos se llenaron de plata y nosotros les fastidiábamos, querían una cooperativa, deshacerse de nosotros porque tenían que darnos lo que nos pertenece. El presidente de la junta comunal del barrio me dijo algo muy verídico, que el sindicato les da fuerza a las manifestaciones, a los paros, lo vimos en el paro pasado. Hay que seguir haciendo esas campañas, de pronto el sindicato puede quedar con un concejal.

¿Piensa seguir colaborando con Florecer?

—Claro, de lo que yo vea y escuche de otras empresas voy a seguir tomando nota para que salga en el periódico. Aunque a mi mujer le da miedo. A nosotros nos toca publicar las cosas malas y eso es lo que demuestran los periódicos y los boletines. Lo que hacen los gerentes.