Un sindicato consecuente en cada empresa y toda la clase obrera de la floricultura en Untraflores

Superando el temor los obreros de las flores se han lanzado a la lucha

La huelga en Benilda

El 7 de septiembre en los vestidores de San Marino parecía que nadie tuviera afán por mudarse como sucedía a diario, sin embargo, la mayoría había llegado al cultivo más temprano que de costumbre. Nadie hablaba, se sentía una calma tensa. Al fin, el supervisor Carlos Sánchez, entre agresivo y timorato, rompió el silencio: “¿Bueno, y ustedes qué piensan de la vida?”, después de un rato, que pareció eterno, Hortencia, pausada y firmemente, contestó: “pues que hoy nos vamos a tomar todo el tiempo que queramos para el desayuno”. Lentamente se pusieron los raídos overoles de color crudo —”we grow beautiful flowers”, estampado en la espalda—, las viejas botas de caucho —la empresa desde hacía dos años había dejado de entregar las dotaciones dispuestas por ley— y empezaron a salir en fila al camino, pero no con rumbo a los invernaderos, en los que a diario los esperaba el tormento de cortar, desyemar, limpiar, guiar, desbotonar unas plantas cundidas de plagas y enfermedades, tan quebrantadas como quienes las cuidaban, sino hacia el punto de confluencia conocido como la Curva de los Espejos. Mientras caminaban, Aidé no se despegaba de su teléfono, en el que tenía registrados con clave de marcación rápida a los activistas de todas las áreas. En la de clavel, donde ya todos los operarios habían entrado pero aún ninguno laboraba, sino que miraban hacia el cielo como esperando algún signo de lo alto, de pronto se oyó, atronador, el grito de Luis Carlos: “San Marino paró”, que como un trueno retumbó por toda la plantación. La huelga más larga y corajuda en la historia de la floricultura colombiana acababa de empezar.

Los ánimos estaban caldeados desde el 20 de agosto cuando Pedro Enrique y Pedro Theodoro Mejía, padre e hijo, propietarios de Benilda S.A.C.I., junto con Fabio Florián y Adriana González, subgerente y jefe de gestión humana, respectivamente, recorrieron la finca advirtiéndoles a los trabajadores que la empresa no pasaría de septiembre, por lo que debían tomarse cuatro meses de licencia no remunerada y en el entretanto “buscar trabajo en Bavaria, Corona, Elite o cualquier otra compañía” —les dijo, burlón, el mayor de los Mejía—, o convenir una conciliación en la que se estableciera que, en 2012, recibirían el 60% de la indemnización legal. Si no, repetían,el negocio sería liquidado por medio de la ley de quiebras, lo que sólo favorecería al liquidador y a los abogados, quienes se quedarían con todo.

En unas secciones los obreros les respondieron con un silencio profundo, fiero, y volvieron a sus labores; en otras, les cayó un aguacero de reclamos airados por tantos incumplimientos y una negativa rotunda: “Nosotros vamos hasta el final, pase lo que pase.” Aidé, la presidenta de Untraflores, estaba incapacitada y en una sesión de terapia respiratoria, debido a una recaída del asma bronquial que la aqueja desde hace años, secuela funesta de 19 años de trabajo en el cultivo. A su celular no cesaban de entrar los mensajes de texto: “véngase vieja dijeron que esto se acaba”, “el viejo Pedro vino a decir que Benilda se cierra”, “nos piensan sacar como perros, vuélese”… A las 12:30, hora de salida de los jueves, estuvo frente a la portería y junto con Esperanza, Edelmira, Luis Carlos, Daniel, Héctor, Alexci, Martha y los demás activistas animaron a la gente, que se arremolinaba a su alrededor, para que no se sometieran a los designios de los dueños y convocaron a una asamblea general para el sábado 22 a las 2 de la tarde en la sede de Untraflores, en Facatativá. Al otro día se dirigió a la finca Canoas, ubicada entre la populosa ciudad de Soacha y la vereda Mondoñedo; allí la empresa había ordenado que los trabajadores de contrato directo se fueran a vacaciones, incluso quienes acababan de disfrutarlas, con el fin de dejar solamente temporales y cambiarle de razón social. Rápidamente en la propia portería se decidió publicar un boletín de denuncia que se repartió por millares en Soacha, dirigirse a la Oficina del Trabajo a rechazar la vacancia forzada y, a pesar del frío, de la lluvia y el viento inclementes característicos de la zona, apostarse frente a la finca durante las ocho horas de la jornada, con carteles y pancartas de rechazo a la arbitraria decisión. Allí estuvieron inconmovibles hasta el inicio de la huelga cuando se juntaron a sus compañeros de la plantación ubicada Madrid.

El 22, a las 12:30, los trabajadores salieron presurosos rumbo a la asamblea pero en la puerta principal se encontraron con Julio Roberto Gómez y Luis Ernesto Medina, respectivamente presidente y secretario de negociación colectiva de la CGT, y a la presidenta de Asotraben, un remedo de sindicato concebido en 2004 por la empresa con la colaboración del antañón esquirol Medina con el fin de neutralizar a Untraflores. Nadie les paró bolas. Los gritos de “vende obreros, ladrones, váyanse de aquí”, sofocaron al megáfono con el que trataban de imponerse a la rabia de las bases. Fue la última vez que se les vio. A la sede de Untraflores llegaron más de 300. La reunión debió hacerse en el lote de enfrente. Las decisiones se tomaron rápidamente y por unanimidad: ninguno renunciaría, ninguno pediría licencia, exigirían que se mantuvieran los puestos de trabajo y que se pagaran estrictamente los sueldos y se pusieran al día en la seguridad social. Se conformó un Comité Central integrado por delegados de todas las secciones. Al final, quienes aún no eran miembros de Untraflores llenaron entusiastas el formato de afiliación. Los patrones habían perdido el control sobre los obreros, de ahí en adelante la inmensa mayoría únicamente aceptó lo que ordenaba del Comité.

Aquellos calcularon que con la presencia de “papá Mejía” —como aún muchos se referían al fundador de Benilda— junto a su repelente heredero —más conocido como Pedriño—, quien en los últimos años dirigía la empresa, luego de una deleitosa vida en el exterior a costa de las ingentes ganancias de los negocios familiares, los obreros se dejarían embaucar. No contaron con la indignación acumulada tras ocho años de desafueros, desde cuando en 2001 la gerencia decidió que las exiguas prestaciones extra legales debían empezarse a suprimir. La soberbia de los directivos también obedecía a que a pesar de su labor concientizadora, Untraflores —que nació precisamente en ese cultivo al tiempo que se iniciaban los recortes y para oponerse a ellos— continuaba siendo minoritario y a que, desde abril, los obreros lucían desconcertados y temerosos porque les descontaron varias horas de sueldo debido a que paralizaron labores para exigir el pago puntual de la quincena, el seguro, las pensiones y el subsidio familiar.

Tampoco previeron hasta donde estaban heridos por los largos meses que llevaban las EPS sin prestarles el servicio a ellos y a sus familiares, la suspensión por parte de estas y las ARP de los tratamientos y procesos de calificación de las enfermedades profesionales, las deudas agobiantes por consultas, exámenes y fórmulas médicas que tenían que procurarse particularmente y cuyas facturas la empresa apilaba por ahí sin dar muestras de querer pagarlos, siendo que quincenalmente en el desprendible de pago aparecía sin falta el descuento del aporte obligatorio. Ni percibieron lo injuriados que se sentían por las crecientes evidencias de que, confabuladas las gerencias de Benilda y el Fondo de Empleados, buscaban defraudar a la entidad de ahorro y crédito propiedad de los obreros en una suma que rondaba los mil quinientos millones de pesos.

Tampoco se percataron de que la desconfianza se había apoderado de todos desde cuando, varios meses antes, la administración dividió el cultivo con una polisombra, dejando en un lado únicamente personal enganchado por temporales y contratistas y algunos operarios que aceptaron renunciar o licenciarse por varios meses y recibir una paga de apenas el mínimo sin prestaciones legales ni extra legales, y dejar para el día de San Blando el pago de la indemnización y las otras acreencias. Para nadie era un secreto que la honorable familia venía creando febrilmente, una tras otra, compañías de papel —Latin Blooms S.A.C.I., Copa Flowers S.A., Toca Carnations S.A., Claveles de Toca, Vision Flowers S.A.—, en cuyas juntas instaló testaferros, maniobra mediante la cual desmantelaban y descapitalizaban a Benilda y buscaban hacerles el quite a los innumerables acreedores, no solo los laborales, distrayendo bienes en caso de una eventual liquidación.

Los días 26 y 29 de agosto y el 2 de septiembre se efectuaron nuevas asambleas en las que, ansiosos, los obreros indagaban a los directivos y asesores de Untraflores sobre las distintas posibilidades, en particular acerca de si los Mejía podían cerrar intem-pestivamente la empresa, como lo estaban dando a entender. El 31 de agosto, lunes, desde la madruga-da, todo un escuadrón de policía se apostó provo-cadoramente frente a las instalaciones de la com-pañía; sin asomo de temor, un grupo de mujeres les increpó sobre su presencia a lo que los uniformados contestaron desafiantes que habían sido infor-mados por los dueños de que los obreros pensaban tomarse la vía —la Troncal de Occidente, una de las principales carreteras del país, que pasa por el borde de la finca—, lo cual no era cierto; la verdad, como se lo dijeron sin vacilación los obreros a los agentes, era que tanto aparato obedecía a que se les estaban prestando a los Mejía que, desesperados, trataban de amedrentarlos ya que hasta ese momento y a pesar del asedio persistente de la jefe de personal y los supervisores, menos de cinco personas habían aceptado retirarse. En la tarde 50 operarios indignados por el asedio policial se acercaron a la Alcaldía de Madrid, y le anunciaron al alcalde que no se retirarían hasta tanto no fueran recibidos por él y el comandante de la policía, para que les dieran una explicación sobre el arbitrario despliegue de fuerza matutino; los dos funcionarios apenas balbucieron unas explicaciones incoherentes que evidenciaban su sujeción no al cumplimiento de la ley, como se lo reclamaban los asalariados, sino a las órdenes de los capitalistas, y que poco les trasnochaban las entelequias garantistas del Estado de Derecho, que capitalistas y funcionarios estatales apenas acatan cuando les convienen.

El sábado 5 de septiembre no hubo pago —hacía unos años el sindicato amarillo había aceptado que los sueldos se cancelaran los días 5 y 20 de cada mes—. El Comité Central se reunió de urgencia y luego de una intensa discusión aprobó que si el lunes 7 aún no había sido consignado el pago y los operarios de San Marino iniciaban la huelga todas las demás áreas se sumarían. En cumplimiento de esta decisión fue que faltando 20 para las siete de la mañana todos los operarios, excepto los de poscosecha, se congregaron en la Curva de los Espejos. Los empleados de clasificación entraban una hora después de los demás, de acuerdo con las normas del llamado horario flexible, por lo que los huelguistas decidieron dirigirse a la puerta principal para esperarlos y persuadir a los más temerosos de unirse a la lucha, además porque ya no valía la pena acudir al edificio de ladrillo y de grandes ventanales, ubicado en medio del cultivo, en donde funcionaba la administración, porque desde junio, a hurtadillas y a altas horas de la noche, los dueños habían sacado todos los trebejos administrativos y sin dar razón chica ni grande abandonaron las oficinas sin decir donde las ubicarían, dejando solo dos secretarias —que decían no saber nada de nada—, y un cúmulo de documentos tirados por el piso de las distintas oficinas, como evidencia de un saqueo apresurado.

De inmediato la mitad del personal de “la posco” se sumó al paro, otro tanto se dirigió lentamente, con la cabeza gacha, como desfilan los condenados al patíbulo, hacia las salas de clasificación; iniciaron labores pero tomándose mucho más tiempo del necesario para realizarlas, más que trabajar meditaban; de pronto, de uno en uno, de dos en dos, fueron dejando a un lado lonas y tabacos, y se lanzaron resueltos hacia la salida, donde les esperaban sus otros compañeros. Fue la última vez que trabajaron en los glaciales salones en los que por años boncharon y embalaron rosas y claveles y mini claveles y ásteres y gypsophilas.

Hacia las 10 de la mañana ocurrieron dos hechos que hicieron la huelga irreversible. En el cultivo apareció Pedriño, “páguenos ya”, “cancélenos la seguridad social”, escuchó por todo saludo; volteando a mirar a uno y otro de quienes le reclamaban, el petulante gerente repetía: “ustedes ya saben que plata no hay”, “ya les dije que el jueves, ustedes verán” “y de la seguridad social, olvídense”; algunos voltearon hacia la melindrosa jefe de personal: “¿Qué pasó con el subsidio?”, “pues que esa platica se perdió”, musitó con una impúdica sonrisa. De pronto, los interrumpió el pito insistente de un carro en la portería, en el asiento de atrás venía Ofelia, estaba blanca como un papel, sus compañeros tuvieron que ayudarla a descender del vehículo, tenía la mitad de la cara paralizada, y apenas podía moverse y hablar, el viernes anterior había sufrido una embolia. En la clínica Plenitud, de Faca, solo le prestaron los primeros auxilios y llevaba dos días peregrinando de centro en centro, sin lograr que la atendieran, su vida corría peligro si no se le internaba para que le hicieran los exámenes y procedimientos urgentes, a lo cual se negaban las EPS por la falta del pago.

A Ofelia como a todos desde hacía ocho meses no le consignaban el aporte de seguridad social en salud. Las EPS hacen sorna de las disposiciones que con bombo y platillos expide el Ministerio de la Protección Social dizque para obligarlas a prestar el servicio y cobrarles ejecutivamente a los patrones, simple-mente suspenden la atención y el Minis-terio ni chista porque anda ocupado en disminuir el POS, para que las EPS tengan aún más excedentes para fundar universi-dades y construir apartamentos y hacer inversiones en el exterior. El de Ofelia era uno más de tantos casos graves. Luis se desmaya a cualquier momento y los medicamentos le cuestan no menos de 100 mil pesos al mes; Elvira tiene cáncer de útero, y no ha podido hacerse los exámenes que le prescribieron; Elsa debe someterse a una compleja operación de cáncer de piel y para los solos controles ha puesto 16 tutelas —recientemente la jefe de personal le había dicho “mijita lo mejor es que renuncie y se sisbenice y se vaya con su cancercito para otro lado—; María Tránsito, Marta y Ana Cecilia, no han podido tener un solo control de embarazo, y ya estaban en días; Héctor y Pablo se habían accidentado recientemente, y estaban siendo atendidos de graves lesiones por un sobandero de La Tribuna. Alcira, Carmen, Israel, Rosalba, Daniel, Trinidad… sufren del túnel del carpo o del manguito rotador o bursitis o epicondilitis o tendinitis o de todas juntas y llevan meses sin atención.

Las respuestas desfachatadas de los directivos y el estado de Ofelia, sobre todo la tragedia de Ofelia, colmaron la paciencia. “No hay de otra, la huelga tiene que seguir”, “tenemos que quedarnos”, “hay que ir por las ollas”, “ni un paso atrás hasta que paguen la quincena y la seguridad social”.

—“Me parece que se están apresurando”, dijo, chillón, Fabio Florián, el subgerente.

—“No, señor, lo que pasa es que nos estábamos demorando”, le respondió Pablo, furioso.

La huelga ya no tendría reversa, aunque la pro-puesta para volver al trabajo era simple: que pagaran los sueldos y las EPS, y se hiciera un acuerdo para cancelar paulatinamente las otras deudas—pensiones, subsidio, dotaciones—. Los patrones nunca quisieron aceptarlo. A lo máximo que se comprometieron fue a pagar las quincenas con retardo y por grupos, y llegaron hasta a proponer que se les permitiera desmantelar el plástico, las bombas, las tuberías, vender algunas cajas de flor, supuestamente para pagarles, pero los obreros ya no les creían nada; además, no les cabía en la cabeza, que el pago fuera a salir del desmantelamiento de la finca, en la que aspiraban a seguir laborando. Así manejaba todo el heredero de los Mejía, con todo y sus títulos extranjeros de economista.

Durante la huelga la tensión fue permanente. Al otro día de iniciada los obreros cerraron el camino por el que se entra a la parte que la compañía había rebautizado como Copa Flowers y se sostuvieron allí hasta el jueves 10, cuando en las horas de la tarde, la portería fue asaltada por la Policía —a la cabeza el mayor Infante— aprovechando la llegada de los funcionarios del gobierno nacional y local que habían asistido al Consejo de Seguridad Departamental, convocado de urgencia luego de que esa mañana los obreros subcontratados por Copa Flowers, a los que apenas se les retribuye con el mínimo sin aportes médicos ni de jubilación, ni ninguna de las demás garantías legales y que hasta hacía poco pertenecían a la nómina de Benilda, bloquearon por varias horas la troncal exigiendo que se les solucionara el problema a los directos para que ellos también pudieran trabajar. Aunque inicialmente los patrones fomentaron un enfrentamiento entre los huelguistas y los temporales, pronto estos se percataron de la justicia de las exigencias de sus compañeros, aunque el temor al despido y a la pérdida del mísero salario, les impedía solidarizarse activamente.

El mismo jueves unos 150 benilderos marcharon por las principales calles de Facatativá, haciendo mítines en las esquinas principales y recabando la solidaridad de la población que, entre incrédula e indignada por las denuncias, colaboraba generosamente depositando dinero en las urnas que portaban los obreros, u ofreciéndose a llevar sus aportes a la finca. Activistas de los distintos sindicatos de Untraflores: Asopapagayo, Sintrasplendor, Untrafragancia, Sintracóndor y Asoflores —sindicato de Santa Bárbara— caminaron con ellos y les ayudaron a perder el miedo a la agitación; durante el resto de la huelga siempre los acompañaron y muchas veces amanecieron con ellos en las carpas. Ese día también se difundió la declaración de la Pastoral de los Trabajadores de la Diócesis de Facatativá, que resumía con sentida indignación la ultrajante condición en la que los señores Mejía habían sumido a sus obreros: “Larga es la lista de agresiones a la justicia, a la dignidad de la persona humana, al derecho a la vida y al trabajo, al derecho a ser reconocidos como seres humanos y a la justa remuneración por el trabajo realizado y a la estabilidad en el mismo, que hemos encontrado en esta empresa (...) Animamos a las trabajadoras y a los trabajadores de Benilda S.A. para que no se dobleguen ante las injusticias”. El padre Bernardo Claireau, un sacerdote y ex obrero siderúrgico francés, de 71 años, integrante de la Pastoral, se hizo presente en los cambuches de la huelga desde el 8 de septiembre, ni un solo día dejó de confortar a los asalariados; en las escasas ocasiones en que no hacía presencia física, era porque estaba buscando quién los ayudara.

—“El pueblo es mi familia. Soy profundamente feliz en medio de los pobres. De hecho, mi pasión por Dios se traduce en una pasión por el pueblo”, le contestó a una compañera que le inquirió sobre su compromiso. En muchas ocasiones se le oyó decir que soñaba con que la Pastoral volviera a tener la influencia bienhechora que tuvo en los días de los curas Bernardo Adams y Michel Jean, que tan sembrados están en el corazón de tantos floristeros.

La huelga se prolongó por más de 60 días, desde el 7 de septiembre hasta el 9 de noviembre, día en que fueron entregadas las cartas de terminación de los contratos por parte del liquidador nombrado por la Superintendencia de Sociedades, que ordenó, el 22 de octubre, la liquidación de la compañía, un triunfo, paradójicamente, porque los patrones no pudieron apañar las tierras y toda la infraestructura de invernaderos, cuartos fríos, cables, riego, reservorios, edificios, única garantía que tenían los obreros para lograr sus indemnizaciones.

Costó no pocos sacrificios: desafiar la infamia de que querían cerrar la empresa; hacer a un lado temores y prejuicios para recorrer barrios, colegios, universidades, sindicatos pidiendo solidaridad; acudir a diario al plantío caminando varios kilómetros porque no había para el transporte y “marcar tarjeta” puntualmente; hacer guardia en las gélidas noches para impedir que alguien entrara a saquear; dejar a los hijos a medio comer; tomarse las vías para protestar y enfrentar el asedio permanente por la fuerza pública.

La disciplina era ejemplar, los obreros pedían autorización al Comité Central para asistir a una cita médica, o para la reunión de padres de familia en los colegios y regresaban cuanto antes habiéndose tomado únicamente el tiempo estrictamente necesario. La comisión de alimentación hacía economías con los bastimentos pero nunca nadie quedó con hambre, y hasta los visitantes encontraron siempre una aguadepanela o un café calientes, o una sopa con un delicioso sabor a leña verde. Los familiares de los obreros los apoyaron incondicionalmente. El compañero de Marlén, Antonio, quien trabajó en Benilda hasta hace 5 años, cuando una trombosis, a los 29 de edad, lo dejó sin habla, varias noches hizo guardia en los alrededores de la finca; nunca se iba hasta tanto llegara Aidé para poderle reportar lo sucedido en el turno, lo cual hacía escribiéndole el informe en su teléfono celular.

El paro estremeció a la población. De su exigua paga los floristeros de decenas de compañías sacaban para una libra de arroz, de papa, de chocolate, una panela, un frasco de aceite, para sus compañeros de Benilda, muchos destinaban varias horas después de la agotadora jornada para acompañarlos en las carpas. En la finca Las Acacias los propios directivos de la empresa fijaron un día para llevar aportes en alimentos y se recogió un mercado que casi no cabe en el furgón. Guillermo, asalariado de una de las fincas vecinas un día llegó desde Madrid, donde habita, con un bulto de papa y una caja de panela, y unos pesos en efectivo, seguramente alguna necesidad dejó de cubrir en su propio hogar para apoyar a sus hermanos de clase. Eliécer salía de su cultivo directo a Benilda, muchos creían que era también trabajador de la empresa. Patricia, Maribel, Yisela, Cristian y las dos Dianas, integrantes de la Asociación Herrera, una entusiasta organización juvenil de Madrid, entre otras muchas actividades, montaron tres conciertos de música andina y rock, en los que la boleta de entrada se pagaba en víveres para los huelguistas; los padres de casi todos estos muchachos son o han sido obreros de las floras y ellos mismos se han ayudado para sus estudios trabajando durante meses en distintos cultivos. Los estudiantes de La Comuna dedicaron varios fines de semana a acompañar la lucha y prepararon conferencias para impartirles educación política a los trabajadores. Un grupo de aprendices e instructores del Sena organizó actividades solidarias y se ha puesto a la orden de Untraflores para promover la organización de los proletarios. Los transportadores de las floras pedían solo para la planilla y la gasolina para llevar a los trabajadores a Bogotá a efectuar protestas frente a las Superintentencias de Sociedades y de Economía Solidaria y el Ministerio de la Protección Social, y en varias ocasiones aportaron dinero y comestibles. Fabio Hernández, presidente de Asonal Judicial, mantuvo contacto y permanente presencia durante el conflicto, y la experiencia de las batallas de sus sector fueron muy aleccionadoras para los floristas. También dieron su apoyo Sindess, Sintraime, Sintraestatales, Sintrateléfonos, y los Comités Ejecutivos Nacional y Regional de la CUT. La dirección de la UNAC – UITA, desde el comienzo se manifestó moral y materialmente, sus organizaciones campesinas filiales, entre ellas Agrosolidaria, un grupo de pequeños cultivadores de Vianí, enviaron una buena provisión de vituallas cultivadas en sus parcelas, y produjo varios boletines virtuales e impresos con los que mantenía alerta a las organizaciones de la agroindustria de diversas partes del mundo y al sindicalismo nacional. Los corteros de caña con los cuales Untraflores entabló una fraterna amistad durante su huelga del año pasado, no dejaron un solo día de estar pendientes del desarrollo de los acontecimientos y, a pesar de sus magros recursos, apoyaron con generosidad a los huelguistas. Y qué decir de los amigos internacionales de Untraflores: el Comité de Flores de Miami liderado por Trabajos con Justicia y varios sindicatos de la confederación sindical AFL-CIO, el ILRF, USLEAP, y la DGB de Alemania se mantuvieron en permanente contacto, enviaron mensajes a los empresarios y al gobierno e hicieron aportes econó-micos. Hasta las autorida-des de varios de los munici-pios donde habitan los be-nilderos aportaron merca-dos y otras ayudas, el Cabildo de Mosquera invitó a la presidenta de Untra-flores a una sesión a plantear la problemática. Muchas de estas personas y entidades se pronuncia-ron ante el gobierno exigi-endo una rápida y justa solución al conflicto. Los dineros aportados por las distintas organizaciones y los gastos eran registrados minuciosamente por Edel-mira en un cuaderno; se hacían economías pero las tareas no dejaban de realizarse, parecía que los dineros y abastos se multiplicaran. Esperanza organizaba los relevos nocturnos y todo el mundo se sometían discipli-nadamente a las decisiones centrales, la batalla así lo exigía.

En contraste, los patronos actuaban con desconcierto y atropelladamente, solo los movía un odio visceral contra los proletarios y sus voceros que les desbarataron su trama de engaños y pillajes. Cada vez que se dirigían a la finca Pedro y Pedriño y Carlos, el otro jefe del clan, que reside en el exterior, llamaban a los comandantes locales de la policía —quienes ponían a su disposición hasta a los agentes de tránsito—, so pretexto de sentirse amenazados y temerosos de ser agredidos, una infamia, puesto que los operarios aun en los momentos más álgidos siempre se dirigieron a los patrones con respeto y hasta con un extraño deje de afecto, mientras estos y sus lugartenientes no perdían ocasión para tratarlos de delincuentes y encausarlos. Denigraban de Untraflores y sus asesores, pero nada les valió. Al final quedaron tan evidentes sus tramoyas que ni en el propio Ministerio encontraron aval, cuando por años les había alcahueteado sus sistemáticas violaciones a la ley. En las dos reuniones llevadas a cabo con el viceministro de Relaciones Laborales, fue tan desmesurada la aspiración de los Mejía, que el funcionario debió resignarse a decir: “Si los trabajadores no aceptan la propuesta de la empresa, yo recomendaría la liquidación”. La “propuesta” consistía en someter a una fiducia las deudas, aceptar el retiro de la mitad de los trabajadores directos, renunciar a todas las prestaciones extralegales y empezar una empresa cero kilómetros a partir de enero de 2010. Es decir, perderlo todo para que los Mejía lo conservaran.

Su arrogancia no cesó ni cuando ya con la decisión tomada por el gobierno de liquidar la compañía, pretendieron imponer su ley en el cultivo, con la complacencia de los funcionarios de la Superintendencia. Pero poco a poco se les bajó el moño. Una mañana, franqueado por funcionarias de la Superintendencia, el heredero pretendió entrar a la sala de clasificación, entonces se le atravesó Martha: “Doctor Pedriño, no entra hasta que llegue mi representante legal”, “quítese que yo soy el dueño”, “no, señor, hipotéticamente todos somos dueños. No entra”.

El 9 de noviembre, recibiendo de manos del liquidador la carta que ponía fin a los contratos todos eran distintos a lo que había sido hacía solo dos meses. Sus opiniones sobre los sindicatos y los patrones y el gobierno habían cambiado. La unidad y la lucha les enseñaron de lo que podían ser capaces y les costaba trabajo creerlo. Estaban radiantes, por primera vez sentían que habían tomado su destino en sus propias manos.