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La feria de los créditos hipotecarios estadounidenses causa turbulencia financiera mundial

En los últimos días, los medios de comunicación han informado que en los Estados Unidos ha estallado una crisis hipotecaria, que no sólo afecta la economía de Norte América, sino que también se sentirá en todos los países del mundo. El dólar ha subido y los índices de las bolsas de valores de todo el planeta han sufrido drásticas y episódicas caídas. ¿Cómo es posible que un evento sucedido en un espacio geográfico tan lejano tenga un alcance planetario?
Por Catherine Tamayo*

En los últimos días, los medios de comunicación han informado que en los Estados Unidos ha estallado una crisis hipotecaria, que no sólo afecta la economía de Norte América, sino que también se sentirá en todos los países del mundo. El dólar ha subido y los índices de las bolsas de valores de todo el planeta han sufrido drásticas y episódicas caídas. ¿Cómo es posible que un evento sucedido en un espacio geográfico tan lejano tenga un alcance planetario?

Hacia el 2003 comenzó en Estados Unidos un auge en el sector de la construcción, producto de los préstamos con bajo interés a los inversionistas. Su apogeo duró dos años, porque al incrementarse la oferta de vivienda, su precio en el mercado se desvalorizó y los intereses se incrementaron. Las familias de bajos recursos que habían adquirido un techo con estos préstamos, tuvieron que empezar a pagar unas cuotas más elevadas y a enfrentar dificultades para cumplir con sus compromisos crediticios, retrasándose en los pagos. Los bancos y prestamistas exigieron su dinero y optaron por quitarles los inmuebles a los deudores morosos, para rematarlos y recuperar su inversión. Mientras tanto, muchos hogares terminaron sin casa y con deudas impagables. Tal como sucedió con la crisis del UPAC en Colombia.

El efecto dominó que llegó hasta nuestras tierras se origina en que el capital financiero —bancos, fondos de capital de riesgo, inversionistas de toda índole— emite papeles, bonos, respaldados por la deuda hipotecaria y compra y vende seguros, al punto de que algunos especuladores aspiraban a obtener réditos de hasta el 15 o 20 por ciento. Nadie se quería quedar sin su tajada, de tal forma que muchos inversionistas en el país del Norte y en Europa, especialmente, compraron esos bonos y vendieron a otras entidades títulos derivados de ellos, siempre respaldados por la deuda hipotecaria.

La crisis vino a reventar con la cesación de pagos por parte de los compradores de vivienda. Bonos y toda clase de papeles financieros se desvalorizaron; las entidades que los habían comprado, temerosas de perder su inversión, decidieron retirar el capital de las entidades emisoras e invertir en bonos del Tesoro estadounidense que, aunque con interés más bajos (4%), son muchísimo más seguros, ya que el repago está garantizado. Clientes desconfiados de la liquidez de los bancos retiraron masivamente sus ahorros; y muchos prestamistas, con la deuda hipotecaria asegurada, recibieron su pago por parte de las aseguradoras, al mismo tiempo que remataban las viviendas.

Los bonos “derivados”, como se les llama a los papeles que derivaban de los bonos de deuda, se presentaron como un mecanismo para dispersar el riesgo. En vez de dispersarlo se convirtieron en una forma de generalizar el problema pues, una vez aumentó el número de morosos, se desató el pánico en toda la cadena de financistas que habían adquirido papeles respaldados por las deudas hipotecarias, tanto que un analista calificó a los derivados como un “arma financiera de destrucción masiva”. Así, con la proliferación de documentos financieros, el peso de la crisis recae sobre los hombros de diferentes organismos: por ejemplo, las bancas inglesa, alemana y japonesa han tenido que asumir los costos de diversificar su mercado al comprar y vender bonos de esta clase; algunos arribaron a la quiebra y los otros esperan la ayuda de las autoridades centrales en materia económica. Así mismo, la Reserva Federal (banco central de Estados Unidos), el Banco Central Europeo y el Banco Central del Japón, que son entidades de carácter público, han debido inyectarle en diferentes ocasiones sumas inmensas de capital a la banca privada. Simultáneamente les bajan las tasas de interés de los créditos a los inversionistas para tratar de amortiguar la crisis, con la probabilidad de seguir incrementando la especulación en el sector inmobiliario y crediticio. Llama la atención que quienes ahora claman y reciben el favor de sus Estados son los mismos que, cuando los negocios transcurren apaciblemente, peroran sobre que el gobierno no tiene que meterse en nada, no debe regular, y lo instruyen acerca de que invertir en el bienestar general es un gasto innecesario.

La economía de los Estados Unidos se desacelera, pero ha logrado detener el pánico financiero; no obstante, se discute la posibilidad de que entre en una recesión. El mercado interno gringo enfrenta una fuerte caída del consumo, pero las compañías logran enormes ganancias en mercados globales, factor que alivia las turbulencias del mercado interno y, de paso, genera una confianza en la “robusta economía mundial”, que se entiende como el crecimiento más acelerado de las economías de China, Europa y Latinoamérica, en comparación con la estadounidense.

El problema es que no por mucho tiempo estas economías pueden resistir la crisis, porque los bancos centrales (como el Banco de la República de Colombia) y la Hacienda Pública, con las divisas que ingresan al país por las exportaciones y con los impuestos, le generan ganancias al capital financiero, que entra y sale en el momento que se le da la gana; además, deben soportar las fluctuaciones del dólar que la especulación implica, lo cual afecta negativamente a la industria y los exportadores, e incrementa, en el caso de devaluación, el valor de la deuda externa, que se paga en moneda extranjera. Eso, sin contar con las relaciones comerciales que se verán afectadas, porque a Estados Unidos le será difícil seguir importando al ritmo que lo venía haciendo antes de la desaceleración.

Evidentemente, asistimos a una de las enormes contradicciones del modelo neoliberal, que retoma algunos postulados de la teoría económica clásica, como lo es el principio del libre mercado. Economistas como Adam Smith sostuvieron que si los mercados funcionaban libremente, sin la intervención de un Estado “metiche” y con una función mínima en estos menesteres, no existiría nunca más el peligro de una crisis, porque la mano invisible del mercado tiene el divino don de regularlo todo. Este planteamiento se hizo más verosímil cuando la globalización creó un mercado mundial, que apuntaló a unos pocos Estados imperialistas y a las corporaciones multinacionales mientras eliminaba las barreras de comercio entre las naciones. Sin embargo, los acontecimientos han demostrado que el proyecto de un mercado libre, autorregulado y sin crisis, ha sufrido grandes traspiés, que ponen en entredicho esta hipótesis, más aún cuando esta convulsión, a diferencia de las que se han presentado en los últimos 20 años, tiene su epicentro en el eje del capitalismo mundial, los Estados Unidos.

Los países pobres como Colombia han sido empujados bajo el paradigma neoliberal a hacerse “atractivos” para la “inversión” extranjera, ofreciéndole mayores rendimientos, feriando las empresas estatales y los derechos de los trabajadores con el argumento de que la llegada de capital foráneo es un síntoma de progreso y de crecimiento económico. Así lo afirma el gobierno de Álvaro Uribe.

Pero la crisis en marcha nos muestra un panorama bastante desolador en especial para los pobres y las clases medias. Veamos apenas dos ejemplos. Los inmigrantes, que se endeudaron para cumplir con el sueño de tener una casa en Estados Unidos, ahora, aparte de perderla, tienen que aguantarse a los recalcitrantes que, en esta tragedia, hallan otra ocasión para señalarlos de ser los culpables de los males del Tío Sam. Y los trabajadores, con sus pensiones jugadas en el “casino mundial” por los fondos de pensiones y cesantías, posiblemente terminarán acarreando las nefastas consecuencias de los desmanes del mercado financiero, en tanto que incrementarán la productividad del capital; porque, es necesario recordarlo, el crecimiento económico de unos pocos significa la pauperización para los muchos otros, nosotros.

* Estudiante de sociales de la Universidad Pedagógica Nacional