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Se completó un año de la agresión gringa contra Irak

Indignadas movilizaciones en todo el mundo 
 
El pasado 20 de marzo se cumplió un año de la invasión de Estados Unidos y sus socios a Irak. Ese día, millones de manifestantes marcharon por las calles de las principales ciudades del mundo exigiendo el retiro de las fuerzas militares gringas y denunciando el carácter imperialista de la agresión.
 
Los desfiles de protesta se tomaron las vías de Sydney, Tokio, Santiago, Madrid, Roma, Berlín, Hamburgo. En Londres los ciudadanos no paraban de agitar: «Es tiempo de la verdad». También en Canadá y en las principales ciudades de América Latina se expresó la repulsa al tirano Bush y a sus secuaces. En Nueva York, San Francisco, Chicago, Seattle y otros lugares de los Estados Unidos, algunos manifestantes gritaron a Bush: «Fascists!» (fascista), mientras numerosos carteles juzgaban: «Bush: guilty» (Bush es culpable).
 
El principal propósito gringo al atacar ese antiguo país ubicado en el Medio Oriente fue apoderarse de su inmensa riqueza petrolera. Irak posee las segundas reservas probadas de crudo del mundo: 120 mil millones de barriles. Si los Estados Unidos finalmente consolidan el dominio sobre esta enorme riqueza y a ello le agregan la hegemonía sobre los hidrocarburos del Asia Central (Uzbekistán, Turkmenistán, Kazajstán, Tayikistán, Kirguizistán), lo cual ya llevan bastante avanzado, las industrias europea y japonesa quedarían a merced de los monopolistas yanquis.

La agresión a Irak hace parte del esfuerzo redoblado que los estadounidenses vienen haciendo desde el fin de la Guerra Fría para sojuzgar el mundo. Para ello no les ha importado pisotear todo derecho internacional, desafiar a la opinión pública, e inventar pretextos como que esa pequeña nación poseía un enorme armamento nuclear y químico que utilizaría contra Estados Unidos, según afirmó el secretario de Estado Colin Powell, quien exhibió imágenes de satélite con las cuales pretendió presentar como verdaderas sus aseveraciones mentirosas. Luego de más de 12 largos meses de ocupación el temible arsenal no aparece por parte alguna. El propio jefe de inspectores norteamericanos de armas, David Kay, renunció tras afirmar: «no creo que existiera». Los altos funcionarios gringos también acusaron al gobierno de Saddam Hussein de haber tomado parte en los ataques del 11 de septiembre de 2000, de lo cual tampoco hay pruebas ni indicios. Claro que los magnates yanquis sí encontraron lo que buscaban: jugosos negocios petroleros y de reconstrucción de puentes y edificios, acueductos y centrales eléctricas, carreteras y escuelas que los bombardeos destruyeron, todo a expensas de los asaltados. En eso Bush ha sido categórico: los contratos son para las aves de rapiña gringas, para él y sus compinches, para el vicepresidente Cheney y su firma Halliburton, para nadie más.

Pero como lo acaban de demostrar las masivas protestas, los designios imperialistas enfrentan una resistencia creciente; la inconformidad y la protesta cobran alcance mundial; el pueblo iraquí, altivo y valeroso, resiste y pone en aprietos al invasor, que se ve obligado a llamar a la ONU, organismo al cual ignoró antes de la invasión, para que les de legitimidad a unas elecciones amañadas, a una Constitución elaborada por los invasores y a un gobierno títere al que pretende pasarle la carga imposible de doblegar la resistencia patriótica. Unamos nuestra voz a la de millones de hombres y mujeres del mundo y gritemos con ellos: Fuera yanquis de Irak.