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Editorial: Seis años de Seguridad Democrática

Casi sepultadas por el alud de informaciones sobre las maniobras distractoras de Álvaro Uribe, en los últimos días se han dado a conocer las cifras que muestran el rápido deterioro de la economía colombiana.

Mucho circo y poco pan

Casi sepultadas por el alud de informaciones sobre las maniobras distractoras de Álvaro Uribe, en los últimos días se han dado a conocer las cifras que muestran el rápido deterioro de la economía colombiana.

Aferrado a la política de fomentar “la confianza inversionista”, el gobernante ha privilegiado la libertad de movimientos al capital y le ha ofrecido enormes beneficios, de tal manera que toda la actividad productiva y la subsistencia misma de los 45 millones de colombianos han quedado sujetas a los caprichos de los especuladores y de los grandes consorcios internacionales. Por ejemplo, movidos en gran medida por el agio internacional, los precios de los alimentos y del petróleo han incrementado la inflación en el país que, de acuerdo con las cifras oficiales, alcanzó casi el 8% en el año transcurrido desde septiembre de 2007 hasta agosto de 2008, guarismo que muestra cómo los incrementos salariales basados en la inflación proyectada pierden en breve lapso la capacidad de compra.

Además del alza de los precios, el poder adquisitivo de los colombianos también se resiente por el alto endeudamiento —al cual han sido incitados por las instituciones que se lucran de recibir dineros a bajos intereses en los Estados Unidos y prestarlos aquí con gran provecho— pues muchos deudores ya se encuentran en serios aprietos para abonar a los empréstitos.

"La Yidis política y la parapolítica son los vocablos acuñados por el ingenio colombiano para denominar los más retorcidos episodios de la descomposición de la cúpula del Estado. Estos términos podrían conjugarse en otro, más expresivo, la uribe-política"

La deuda externa también se ha incrementado, hasta llegar a los 45.000 millones de dólares, dado que en el mundo hay una enorme masa de capital financiero que busca afanosamente pingües utilidades en nuestras tierras. Con razón los balances de los bancos figuran entre los pocos que registran abultadas ganancias.

Por su parte, la producción industrial empieza a reducirse y todos los pronósticos muestran el panorama de una economía que se estanca. Las exportaciones y las importaciones tratan de sobrevivir a los cambios bruscos de la tasa de cambio, que también depende de las volátiles inversiones extranjeras.

Pero entre todas las cifras, las que más muestran el rostro de la zozobra nacional son las referentes al desempleo. De la población urbana ocupada en el año 2007, el 56,8% estaba en el sector informal de la economía, porcentaje que llegó al 57,3% en el 2008. Vale decir que casi 6 de cada 10 colombianos se angustian a diario por ganar el pan en las condiciones inciertas de la economía informal. La tasa de desempleo pasó de 11,2% a 12,1% en el último año, sumando a otros 240.000 colombianos a las víctimas de este azote. Estas son las consecuencias de la gestión económica de la administración uribista, proclamada como la salvadora de la Patria y como indispensable por el resto de los días.

La política nacional, mientras tanto, muestra un panorama no sólo sombrío sino, además, vergonzoso.

Uribe vive la paradoja de disfrutar de los más altos índices de popularidad mientras que está acorralado por las evidencias que brotan a diario sobre su maridaje con paramilitares y mafiosos. Ya no son sólo las decenas de los congresistas de sus partidos quienes están incursos en los delitos de complicidad con dichos grupos, sino que se ha revelado que el propio palacio de Nariño es lugar de reuniones con los voceros de esos ejércitos privados, que tan útiles han sido para el gobernante de la Seguridad Democrática. La Yidis política y la parapolítica son los vocablos acuñados por el ingenio colombiano para denominar los más retorcidos episodios de la descomposición de la cúpula del Estado. Estos términos podrían conjugarse en otro, más expresivo, la uribe-política. Pues ha de reconocerse y bautizarse la época que Álvaro Uribe ha inaugurado, la cual supera con creces a las anteriores en materia de abusos y descaro. Bastaría mencionar cómo ante las pruebas acerca de sus andanzas con el paramilitarismo y del uso del erario y la nómina estatales para comprar la reelección, Uribe y su séquito responden con violentos ataques a la Corte Suprema de Justicia, con el propósito de intimidarla para que suspenda las indagaciones. Al hacendado Uribe le irrita cualquier crítica, cualquier matiz divergente de sus mandatos, por lo cual estalla con frecuencia en públicas rabietas. No hay norma que no haya burlado ni institución que no haya desacatado, él que juró defenderlas y que reprime sin piedad a las gentes laboriosas que se resisten a someterse a las más arbitrarias disposiciones. Un día cambia la Constitución a su antojo y al otro se dispone a trastocar la rama judicial para fortalecer y prolongar su intromisión en las Cortes y el Consejo de Estado y para establecer un procedimiento que les permita a los reos derogar las leyes que los incriminan y alterar los procedimientos mediante los cuales se les procesa.

El círculo del Palacio de Nariño, sorprendido una y otra vez con las manos en la masa, se niega a responder por sus fechorías y, en cambio, entretiene y agita a la alelada opinión con manifestaciones de moralismo inverosímil, calumnias y rumores o declaraciones de testigos a sueldo, que se cocinan en los tenebrosos pasillos y salones de la “Casa de Nari”, y que la prensa y la televisión oficialistas repiten con la insistencia y el efectismo de las cuñas que el régimen les retribuye con jugosos contratos y licencias. Sin lugar a ninguna duda, los consejeros presidenciales y su jefe son expertos en los métodos de propaganda nazi.

Señalado lo anterior, surge una reflexión. Dado que el actual mandatario colombiano es uno de los preferidos de Washington, de sus estrategas, del capital financiero internacional y de los monopolios que se han adueñado del mundo, y que esto constituye la prueba fehaciente de que detrás de las declamaciones sobre el respeto a la ley y a los derechos, a las instituciones y a las minorías no hay ninguna sinceridad y convicción, sólo cortinas de humo que enturbian la vista de la colosal verdad: el único derecho que se reverencia en este régimen es el de los poderosos, la única ley que vale es la de la fuerza, a los trabajadores no les queda sino un recurso: el de organizarse y prepararse para batallar contra quienes los esclavizan sin piedad.