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Editorial

Enfrentar la ofensiva de Uribe con la movilización política obrera

Hace apenas dos meses que tuvieron lugar las elecciones, en las cuales Álvaro Uribe fue reelecto con cerca del sesenta por ciento de los sufragios y ya, en la instalación del Congreso, el 20 de julio, anunció un nuevo paquete de disposiciones lesivas al pueblo.

Enfrentar la ofensiva de Uribe con la movilización política obrera

Hace apenas dos meses que tuvieron lugar las elecciones, en las cuales Álvaro Uribe fue reelecto con cerca del sesenta por ciento de los sufragios y ya, en la instalación del Congreso, el 20 de julio, anunció un nuevo paquete de disposiciones lesivas al pueblo.

Durante los tres años y medio en el cargo,  el Presidente siguió un comportamiento político que le despejaría el camino para aferrarse al sillón de la Casa de Nariño por otros cuatro años: atendió, sin escrúpulos ni refunfuños,  las demandas y caprichos del gobierno y las multinacionales de los Estados Unidos y de los más poderosos grupos económicos colombianos; aseguró un control apabullante de la radio, la prensa y, principalmente, de la televisión; con el dinero público, compró políticos, magistrados, ex presidentes, y al pueblo lo entrampó con su verbo cargado de diminutivos y de disimulos.

Garantizada la prolongación de la Seguridad democrática, los grupos y grupillos uribistas, los de la U, Cambio Radical y demás, ofrecen al país el espectáculo sórdido de la arrebatiña por los ministerios, los cargos en el Parlamento y hasta por el reparto de los llamados organismos de control, como la Contraloría General. Hasta el presidente de la Corte Constitucional, Cepedín,  pasa la factura por el fallo torticero con el que avaló la reelección, reclamando para su padre, Cepeda, la embajada de Colombia en Francia. No obstante los fétidos manejos, Uribe alardea de su lucha contra la corrupción, trayendo a la memoria el desenfado del ladrón que grita: «¡al ladrón, atrapen al ladrón!».

De quién pagará la cuenta de la francachela y la comilona en la que andan Uribe y su cuadrilla, nos dio noticia el discurso del 20 de julio. El reelegido agradecerá a los colombianos laboriosos cargándoles el IVA a todos los alimentos, disminuyendo los recursos que la nación les transfiere a los departamentos y municipios para educación y salud, e incrementando los impuestos de las entidades territoriales. Por el contrario, al gran capital le rebajará el impuesto de renta.

En lo atinente a las normas laborales, Se propone consolidar los sistemas de subcontratación y cooperativas de trabajo asociado, eso sí dejando a la cristiana voluntad de las empresas el que «vinculen a término indefinido a los trabajadores de oficios de naturaleza permanente» y a la piedad de los explotadores de las cooperativas el que no eludan el pago de las prestaciones. El jefe del Estado atiende las exigencias de los monopolios con leyes y las de los obreros con vagos llamados a las conciencias inexistentes de los poderosos.

Además de las medidas mencionadas, el orador planteó un aumento de las cuotas para la pensión de jubilación y sostuvo la mentira de que el déficit fiscal tiene su origen en gran parte en la situación del Seguro Social, es decir que insinuó otro paquete de medidas también contra la salud de los trabajadores. La intervención mantuvo en muchos temas un estilo ambiguo con el propósito de preparar el terreno a otras disposiciones que representan más suplicios para la nación y el pueblo.

A la inmisericorde ofensiva Uribista, el obrerismo debe responderle no solamente arreciando la lucha sindical, sino también y principalmente, con la movilización política.