Un sindicato consecuente en cada empresa y toda la clase obrera de la floricultura en Untraflores

A los 77 años de la masacre de las bananeras

ImageEl pasado 6 de diciembre se cumplió el 77 aniversario de la masacre de las bana-neras, uno de los más dramáticos y aleccionadores acontecimientos de la historia de Colombia. La clase obrera, que apenas emergía en la sociedad colombiana, sintió en carne propia cómo era verdad que «el capital viene al mundo chorreando sangre y lodo por todos los poros, desde los pies a la cabeza».

Por el obrero y por Colombia

Raúl Eduardo Mahecha
Raúl Eduardo Mahecha dirigió la huelga
Por Alejandro Torres

El pasado 6 de diciembre se cumplió el 77 aniversario de la masacre de las bana-neras, uno de los más dramáticos y aleccionadores acontecimientos de la historia de Colombia. La clase obrera, que apenas emergía en la sociedad colombiana, sintió en carne propia cómo era verdad que «el capital viene al mundo chorreando sangre y lodo por todos los poros, desde los pies a la cabeza».

En la ardiente y selvática región que cubría los municipios de Santa Marta, Ciénaga, Aracataca, Fundación y Pivijay se había instalado desde finales del siglo anterior la compañía United Fruit Company, de capital norteamericano. Tal fue su poderío que llegó a controlar el 80% de la industria bananera mundial y a constituir en el Caribe un vasto imperio de casi 1 millón 400 mil hectáreas de tierra, 70 mil de ellas sembradas en banano; miles de kilómetros de ferrocarriles y cables de telégrafo; una flota de casi 100 barcos y una fuerza laboral de 150 mil hombres, que cosechaban al año 65 millones de racimos para exportación.

En Colombia hacia 1920 los asalariados a su servicio eran unos 25 mil. Su situación era penosa. La empresa los enganchaba a través de contratistas, llamados ajusteros, duchos en mermarles la paga a los obreros. Éstos laboraban a destajo y el cumplimiento lo supervisaban desalmados capataces. El día de descanso remunerado no existía. Buena parte del salario se les pagaba en vales, muchas veces anticipadamente, para ser cambiados por mercancías en los almacenes de la empresa, o con grandes descuentos en los demás de la región. Este sistema le garantizaba a la compañía, aparte de tener carga de regreso para sus barcos, maniatar a los jornaleros, siempre endeudados con ella. A pesar de esta dependencia, la United estipulaba que «ni el contratista ni sus empleados» eran empleados suyos.

Pero, aunque los negaba como empleados, sí les descontaba el dos por ciento para servicios médicos. No obstante, campeaban el paludismo, la anemia, la tuberculosis, el parasitismo, la gastroenteritis, las venéreas. Todo mal se combatía con las mismas medicinas: quinina y sal de epsom. A agravar las enfermedades contribuía el deprimente estado de las viviendas, unos campamentos insalubres en los que en cada habitación de tres metros cuadrados se apiñaban hasta siete personas; las camas eran esteras de hoja de plátano cundidas de chinches. Carecían de ventilación, agua potable, duchas o retretes.

El imperio frutero no sólo acogotaba al obrerismo: a los colonos les arrebataba las tierras; Mediante el monopolio del crédito, el riego y el mercadeo del producto, sometía a su mandar a los cultivadores nacionales, quienes cosechaban más de la mitad de las exportaciones; a los comerciantes los asfixiaba mediante la competencia de sus comisariatos, y era el poder real detrás los gobernantes y políticos nativos.

Primeros pasos
 
Toda esta situación era caldo de cultivo de una generalizada inconformidad. La lucha la emprendieron los obreros. En 1924 presentaron un primer pliego de peticiones con las exigencias de alzar los salarios y abolir el sistema de contratistas.  El Sindicato General de Obreros de la Sociedad Unión, que presentó el petitorio, declaró la huelga cuando la empresa se negó a negociar. Pero apenas un día después de iniciada la levantó. Como los jefes de este sindicato nunca volvieron a hacer peticiones y desvergonzadamente se apoltro-naban en locales pagados por la compañía en Santa Marta, se le terminó conociendo como la «Unión Amarilla».

En octubre de 1926, en parte debido a los ecos que llegaban de las luchas de los petroleros, portuarios o estibadores, se fundó la Unión Sindical de Trabajadores del Magdalena, que decidió impulsar la creación de comités en cada finca, que antes que estructuras sindicales eran unas especies de comités de huelga. En la organización se destacó Raúl Eduardo Mahecha, llegado a la región a comienzos de 1928, y quien había dirigido varias huelgas, entre ellas, las de los petroleros de Barranca de 1924 y 1927.

En octubre de 1928 la Unión Sindical, reunida en Ciénaga, aprobó el siguiente pliego para presentárselo a la United: 1) seguro obligatorio; 2) reparación por accidentes de trabajo; 3) habitaciones higiénicas y descanso dominical remunerado; 4) aumento de 50% en los jornales; 5) supresión de los comisariatos; 6) cese de los avances por medio de vales; 7) pago semanal; 8) abolición de los contratistas; 9) mejora del servicio hospitalario.

El gerente de la compañía, Thomas Bradshaw, se negó sucesivamente a recibir a los negociadores con la disculpa de que el Ministerio de Industrias «había conceptuado que los trabajadores de los contratistas no lo eran de la empresa». La Unión Sindical notificó a la United de que si no pactaba tendría que enfrentar la huelga. La parálisis comenzó el 12 de noviembre, con la aprobación de los representantes de 63 fincas, cuando se percataron de que Bradshaw había ordenado cortar todo el banano y se temió que estuviera pensando en cerrar operaciones.
En la proclama impresa la noche anterior se consignó: «Esta huelga es el fruto del dolor de miles de trabajadores explotados y humillados día y noche por la compañía y sus agentes. Esta es la prueba que hacen los trabajadores en Colombia para saber si el gobierno nacional está con los hijos del país, en su clase proletaria, o contra ella y en beneficio exclusivo del capitalismo norteamericano y sus sistemas imperialistas. Vamos todos a la huelga. El lema de esta cruzada debe ser: Por el obrero y por Colombia».

Los huelguistas eran más de 20 mil y contaban con la simpatía de la mayoría de la población, principalmente de los colonos pobres. La iniciativa desplegada por los obreros era inagotable. Bloquearon las líneas férreas. Las mujeres echaban machete a los cultivos cuando los esquiroles, llamados patas negras, trataban de cosechar. En la imprenta se tiraba un volante tras otro. Los operadores telefónicos mantenían a los líderes al tanto de los movimientos de la empresa; y las noticias y orientaciones llegaban veloces a través de estafetas, conocidos como el correo rojo.

De rodillas frente al oro gringo; en armas contra el pueblo
 
Frente a este derroche de audacia y valor se levantó la alianza del gobierno y la compañía. El gobierno del conservador Miguel Abadía Méndez, ordenó militarizar la región y nombró comandante de las tropas, al tristemente célebre general Carlos Cortés Vargas, quien montó su cuartel general en una de las casas de los gringos. Las tropelías no se hicieron esperar. La soldadesca se paseaba borracha por la zona haciendo alarde de los billetes que les arrojaba la empresa y cometiendo toda clase de desmanes, mientras los funcionarios del Ministerio de Industrias presionaban a los líderes del movimiento para que aflojaran a cambio de la promesa de que ellos convencerían a la United de mejorar las condiciones.

La ventajosa posición que le daba el apoyo oficial hacía que la empresa se mostrara cada vez más intransigente, a pesar de que los trabajadores hicieron numerosas concesiones, incluida la de reducir sus exigencias al aumento del 50% en el salario. Como no pudo rendir al obrerismo con disimulos, el gobierno autorizó la contratación de esquiroles y le ordenó a Cortés Vargas protegerlos. El 4 de diciembre empezó de nuevo el corte de la fruta. Los huelguistas lucharon con denuedo por impedirlo y acordaron concentrarse en Cienaga la noche del 5 de diciembre para partir al amanecer hacia Santa Marta, a exigirles a las autoridades que obligaran a la empresa a firmar un acuerdo.

Con este propósito miles de obreros se reunieron pacíficamente en una plaza cercana a la estación del ferrocarril. A las 11 y 30 de la noche Abadía Méndez decretó el estado de sitio en la zona y nombró como jefe civil y militar a Cortés Vargas, quien se relamía preparando su  primer y único acto de gobierno: «batir por el fuego a los amotinados». A la una y media de la mañana del 6, a la par que un capitán leía el decreto que ordenaba a los huelguistas dispersarse, y el ambiente retumbaba con el grito ¡Viva Colombia Libre! salido de miles de gargantas, Cortés dio la orden de disparar ráfaga tras ráfaga contra la multitud. Aunque el gobierno hizo hasta lo imposible por ocultarlo, fueron asesinadas alrededor de 1.500 personas. Muchos más fueron asesinados en los días posteriores, a otros cientos se les detuvo y más de 60 fueron juzgados en consejos de guerra.

El crimen sacó a la luz un fenómeno que se ha mantenido invariable desde hace un siglo: la sujeción de la casta gobernante colombiana al imperio norteamericano. Pese a la derrota, los proletarios bananeros con su sacrificio dieron una enseñanza de valor que fue recogida posteriormente por el obrerismo. Las banderas por las que lucharon fueron conquistadas y nuevamente arrebatadas por la oligarquía. Los muertos de las bananeras vivirán por siempre en el corazón de la clase obrera, sus victimarios ya hace tiempo fueron arrojados al basurero de la historia.