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Panamá: cien años del atraco yanqui

Por Olga Consuelo Vargas
El 3 de noviembre de 2003 se conmemora la separación de Panamá de Colombia, hecho doloroso que no correspondió al deseo de los panameños por hacer toldo aparte y construir una nación soberana y próspera, sino que fue el producto de maquinaciones de los Estados Unidos, de la desastrosa gestión de José Manuel Marroquín, presidente de Colombia entre 1900 y 1904, quien junto con otros personajes feriaron nuestra soberanía por un puñado de dólares y del concurso de algunos individuos venales del entonces departamento de Panamá. Así, esta fecha no nos llena de júbilo, sino de vergüenza e ira.

Las potencias capitalistas de la época miraron siempre con avaricia las ventajas de facilitar el encuentro, por el istmo, de los océanos Atlántico y Pacífico. A Estados Unidos, que vivía la época en la que se forjaban los monopolios que lo convertirían en un imperio, un canal transoceánico no le vendría nada mal para competir con sus rivales europeos.

De ahí que en 1846, se firmó con Estados Unidos el tratado Mallarino-Bidlack, que les dio a los ciudadanos, buques y mercancías de ese país los mismos privilegios de que gozaban los granadinos en Panamá. Esto ocasionó pugnas entre Estados Unidos e Inglaterra, lo que condujo a otro tratado —Clayton-Bulwer— que establecía para ambas naciones prerrogativas y condiciones en el uso del hipotético canal. En 1855, la compañía Panamá Railroad Company, que tendría mucho que ver con los sucesos separatistas, concluyó la construcción de un ferrocarril transístmico. 

El intento francés

En 1869, Fernando de Lesseps, quien unió el mar Rojo con el Mediterráneo a través del Canal del Suez, pensó que era posible unir el Atlántico con el Pacífico, por el istmo centroamericano. Esto llevó a que Bogotá, a cambio de pírricas regalías, le otorgara al francés Napoleón Bonaparte Wyse el privilegio para construir y explotar, por 99 años, un canal marítimo. En 1880, De Lesseps emprendió la construcción del Canal de Panamá, enfrentando la hostilidad de Norteamérica, que aborrecía que los galos hicieran la obra. Aunque los trabajos avanzaban, el invierno y la fiebre amarilla diezmaron a trabajadores y contratistas. La Compañía quebró finalmente, las obras se paralizaron y el asunto del canal quedó en el aire por dos lustros.

Cuando en Estados Unidos tomó fuerza la idea de construir el Canal por Nicaragua, el gobierno colombiano envió a Washington a Carlos Martínez Silva a pugnar por que se hiciera en Panamá, ofreciendo firmar un tratado en el que constara que: Estados Unidos se volvería garante de la soberanía de Colombia sobre el Istmo y a su vez este país le haría un préstamo a Colombia de 20 millones de dólares. Los términos de la propuesta causaron indignación en el país. Entonces aparece un villano de ingrata recordación: Phillippe Bunau-Varilla, accionista de la Nueva Compañía, empresa que sustituyó a la creada por Bonaparte Wyse. Sus oscuros intereses por lucrarse lo hacen defender que el Canal se construya en Panamá.
 
El tratado Herrán-Hay  
                    
José Vicente Concha, quien reemplazó a Martínez Silva, preparó un proyecto con igual contenido que el de éste. Nelson Cromwell , especulador financiero de Nueva York, dijo que había logrado que Concha le «pidiese ayuda en la redacción de cualquier propuesta internacional que él quisiere  formular».  El Tratado sería suscrito por Tomás Herrán, el 23 de enero de 1903, quien recibió la orden perentoria de firmarlo y, por si acaso, obtener algunos dólares más y cualquier otra ventaja pecuniaria. Todo estaba consumado. A los negociadores colombianos lo único que les importaba era el dinero y no la soberanía.

En Bogotá hubo exaltación entre algunos sectores políticos que rechazaban las concesiones de soberanía. Por lo cual el Congreso colombiano, el 10 de agosto de 1903, improbó el tratado por unanimidad. Del recinto salió huyendo José Domingo de Obaldía, conocido por su ansia separatista y a quien Marroquín había hecho elegir senador por Panamá. Para colmo, De Obaldía fue nombrado gobernador de Panamá, por intriga de Lorenzo, el hijo de Marroquín, a quien sobornaban las Compañías del Canal y del Ferrocarril de Panamá. De Obaldía reunía las condiciones requeridas: cerrar los ojos ante los preparativos divisionistas e incorporarse al movimiento una vez iniciado.

Separación de Panamá

La improbación del tratado exaltó los ánimos separatistas de algunos sectores panameños, atizados por los conspiradores patrocinados por Estados Unidos. Esteban Huertas, un individuo ignorante y venal, de origen boyacense y casado con panameña, fue nombrado Comandante de las fuerzas armadas.

Bunau-Varilla le propuso a Roosevelt, presidente de Estados Unidos, promover una «revolución» en Panamá. Bunau-Varilla y el famoso abogado Cromwell, se valieron de Manuel Amador Guerrero, personaje que ni siquiera era panameño: había nacido en Turbaco, cerca de Cartagena, quien formó una junta secreta para promover la separación. Bunau-Varilla le ofreció a Amador «cien mil dólares para financiar la revolución, con la condición de que una vez declarada la independencia, los panameños lo nombraran a él su ministro plenipotenciario ante el gobierno de Washington», y en octubre de 1903, en Nueva York, antes de que Amador partiera para Panamá, le dijo: «Yo le daré 1) un Código para asegurar nuestras comunicaciones secretas; 2) una proclamación de Independencia; 3) un proyecto de Constitución; 4) un plan de operaciones militares, y 5) en fin, una bandera».

Bogotá decidió enviar al general Juan B. Tovar como jefe militar del Istmo, con órdenes de trasladarse lo más pronto con el batallón Tiradores, desde Barranquilla a Colón a bordo del crucero Cartagena. Este general, se tomó todo su tiempo demorándose un mes, a tal punto que llegó a Colón en la madrugada del día 3 de noviembre de 1903.

Amador Guerrero compró al general Esteban Huertas por 25.000 dólares para que apoyara la revuelta y, a su vez, en Colón, maniobró a Tovar quien salió de allí con su estado mayor dejando la tropa a merced del superintendente del ferrocarril. Unas horas después hacía presencia en la bahía de Colón el crucero gringo Nashville. Es evidente que la secesión panameña fue dirigida desde Washington con cómplices en Panamá y contando con el gobierno en Bogotá, que hacía todo lo posible para facilitarles las cosas. Huertas puso presos a Tovar y a sus oficiales, repartió armas entre los insubordinados, y les permitió tomarse el cuartel y armarse. De esta manera se consumó el atraco internacional que se preparó contra Colombia.

El gobierno colombiano sólo se enteró de lo ocurrido hasta el día 6. Marroquín escondió la noticia cuanto pudo. Cuando todo se supo, el país se hundió en la confusión y el  estupor. Las actitudes de Marroquín indican que debe ser cierta la cínica frase que se le atribuye: «¿Y qué más quieren los colombianos? Me entregaron una República, y les devuelvo dos». Roosvelt pronunciaría también otra frase que se hizo aún más famosa: I took Panama (Yo me tomé Panamá).

En 1904, Roosevelt nombró una Comisión que decidió construir el canal con esclusas. En 1914, el vapor «Ancon», de propiedad de la Panamá Rail Road, salió de su muelle en Cristóbal, entró por la boca atlántica del canal y, nueve horas después, entraba en aguas del Pacífico. El 6 de abril de 1914, se firma el Tratado Urrutia-Thompson, el cual estipulaba que los Estados Unidos pagarían a Colombia 25 millones de dólares. Por unos dólares y unas miserables franquicias Colombia reconoció a Panamá como nación soberana e independiente. Alguien propuso invertir esa suma en la compra de un terreno donde colocar una horca suficientemente elevada para colgar a los negociadores del Tratado.

Con este asunto del robo panameño se escribieron las páginas más vergonzosas de la historia colombiana; hubo derroche de ineptitud y de servilismo. Para los panameños tampoco fue benéfica la separación pues durante muchas décadas han tenido que soportar la altanería y la opresión yanqui que en numerosas ocasiones los ha invadido militarmente. No obstante, el pueblo panameño se ha levantado una y otra vez, con heroísmo a repudiar a los agresores.