Un sindicato consecuente en cada empresa y toda la clase obrera de la floricultura en Untraflores

Editorial

El gobierno de Álvaro Uribe se empecina en firmar el tratado de libre comercio con Estados Unidos, sin importarle un higo las consecuencias: la ruina y la degradación de Colombia. Como el pecado es cobarde, el mandatario, quien alardea de ser transparente, ha hecho todo cuanto está a su alcance para mantener en secreto la conversaciones; no obstante, se ha conocido hasta qué punto llega la codicia de la potencia

Un tratado ventajista

El gobierno de Álvaro Uribe se empecina en firmar el tratado de libre comercio con Estados Unidos, sin importarle un higo las consecuencias: la ruina y la degradación de Colombia. Como el pecado es cobarde, el mandatario, quien alardea de ser transparente, ha hecho todo cuanto está a su alcance para mantener en secreto la conversaciones; no obstante, se ha conocido hasta qué punto llega la codicia de la potencia.

Para empezar, ese país busca que los cuarenta millones de colombianos, o los que tengan la capacidad de hacerlo, le compren su maíz, trigo, arroz, cebada, algodón, soya, pollo y carne, en vez de comprárselos a los cultivadores colombianos, a quienes quiere llevar a la quiebra. Es un paso más en su aspiración de controlar el mercado mundial de alimentos, por el cual disputa con la Unión Europea.

Nada se salva

Del zarpazo no escapan las medicinas. El mandatario colombiano se viene prestando a la despreciable tarea de alargar el período de las patentes y proteger los datos de prueba de éstas para garantizar aun más abultadas ganancias a las multinacionales farmacéuticas, lo que redundará en la casi total desaparición de las medicinas genéricas y en el encarecimiento de los costos de la salud.

Distintas ramas industriales caerán también en el abatimiento a causa de la competencia aplastante. Los consorcios estadounidenses pretenden consolidar su control sobre la los recursos naturales, la diversidad de plantas y animales de nuestro suelo, de la televisión y, en general, sobre la actividad cultural de Colombia. Las disputas entre el gobierno y las firmas foráneas serán falladas por tribunales internacionales, de manera que, por ejemplo las tarifas de los servicios públicos o los precios de las medicinas no podrán controlarse, ni siquiera en el caso de una emergencia, porque la empresa proveedora demandaría y exigiría indemnización.

La ruina de numerosas ramas productivas incrementará el desempleo, y la capacidad adquisitiva de los salarios seguirá cayendo; además, la entrada y salida incontrolada de capitales especulativos provocará revaluaciones y devaluaciones y alzas y caídas de precios súbitas que lesionarán el aparato productivo y harán más penosa la vida del pueblo.

Uribe sabe, como casi todos, que la producción autóctona de los renglones mencionados requiere que se le proteja, ya sea cobrando altas tarifas aduaneras o prohibiendo las importaciones, puesto que el gobierno de Estados Unidos apoya con millones de dólares la producción de granos y carnes, por ejemplo, y ésta se adelanta allí con grandes ventajas financieras, de transporte y tecnológicas, mientras que el agricultor colombiano no cuenta con ningún subsidio y debe enfrentar condiciones muy adversas. Pero al Presidente no parece importarle que en nuestro suelo dejen de producirse los alimentos básicos; para él, el asunto no consiste en preservar el interés nacional, sino en mantener su lealtad a los intereses dominantes del planeta. 

Por eso, desde el comienzo, Uribe quiso distinguirse en América Latina por su acatamiento a las disposiciones del gobierno norteamericano y sostuvo que su obediencia sería premiada con un trato favorable en el acuerdo comercial. Imploró que se tuviera en cuenta su cumplimiento con la fumigación masiva de cultivos ilícitos, sin importar la devastación de bosques ni plantíos de pancoger; rogó que se le abonara su devoción a extraditar a cuanto colombiano le ha sido pedido; clamó porque se recordara su apoyo a la invasión a Irak, montada con base en mentiras y colmada de atrocidades y torturas, y, finalmente, se alistó el primero en despejar el camino a los pactos de libre comercio, con los cuales los Estados Unidos quieren echarles mano a los mercados de América para consolidar su hegemonía mundial. Con ser sumiso no se recogen sino humillaciones: el régimen de Bush ha sido muy claro en que con las negociaciones comerciales no se propone premiar a los mejores vasallos, sino obtener ganancias. Por ello, las rondas de conversaciones han seguido un libreto lamentable en el cual los voceros de Colombia, con la ilusión de ablandar a los de la contraparte, un día ofrecen aceptar las importaciones masivas de algodón y otro añaden que las Fuerzas armadas de Colombia se alimentarán con pollo procedente de Norteamérica u ofrecen que medio millón de toneladas de maíz pueden entrar de manera inmediata a abatir nuestro mercado. A cada nueva concesión, los delegados de la Casa Blanca responden con la desdeñosa exigencia de que se les permita de manera inmediata y sin restricciones echarles mano al santo y la limosna.

Además, George Bush sabe que no hay por qué afanarse, pues Uribe se desgañita diciendo que, así le caigan rayos y centellas, firmará el funesto tratado. Si aún no lo ha rubricado se debe a que el candidato presidente entró en dificultades pues incluso en los gremios agrícolas, entre cuyos líderes figuran muchos de los más exaltados partidarios de la continuación del régimen de la Seguridad Democrática, empezó a brotar la inconformidad. Ante el peligro de perder a muchos de sus capitanes, el aspirante a la reelección vaciló y, finalmente, optó por ofrecer un subsidio a los perjudicados por el acuerdo. Quien ha justificado la clausura de hospitales, el despido masivo de funcionarios públicos y el aumento galopante de los impuestos afirmando que el presupuesto es deficitario, hoy promete que el Estado comprará la cosecha de algodón y girará dineros a los maiceros, trigueros y otros...La solución de Uribe estriba en satisfacer la exigencia de que los productos norteamericanos inunden el mercado de Colombia, pero, con dineros del presupuesto nacional, se comprará la aceptación de los gremios productores. Quienes estamos con la causa obrera no vacilamos en reclamar que el Estado subvencione la producción nacional, lo cual es indispensable para conseguir el progreso y el bienestar. Pero el señor Uribe destinará los recursos del presupuesto a subsidiar, no el auge de cultivos y manufacturas, sino su decaimiento; no el empleo de brazos, tierras y factorías, sino su parálisis.

El tratado de libre comercio con Estados Unidos merece el rotundo rechazo del movimiento obrero, pues sólo traerá miseria al país y mayor sometimiento al dominio norteamericano. No es exagerado afirmar que promover dicho pacto constituye una traición a la patria.