Un sindicato consecuente en cada empresa y toda la clase obrera de la floricultura en Untraflores

El azote de la usura

Desde los años 80, los agiotistas internacionales viven un verdadero auge, pues a lo largo de estas décadas se ha impuesto una drástica rebaja global de los salarios, las empresas que eran patrimonio público se convirtieron en botín de la guerra mercantil, de cuya rapacidad no escapan ni siquiera la salud o la educación. Además, se han beneficiado de las reducciones de los tributos internos y aranceles, y los pocos controles estatales que se ejercían sobre sus andanadas han sido barridos de las legislaciones. Ninguna disposición impide que el gran capital se desplace a lo largo y ancho del mundo, se apropie de minas y factorías, campos de cultivo y medios de comunicación, transportes y bancos, manipule las monedas, engulla la Hacienda pública y esclavice a la mano de obra.
Por Alfonso Hernández

Desde los años 80, los agiotistas internacionales viven un verdadero auge, pues a lo largo de estas décadas se ha impuesto una drástica rebaja global de los salarios, las empresas que eran patrimonio público se convirtieron en botín de la guerra mercantil, de cuya rapacidad no escapan ni siquiera la salud o la educación. Además, se han beneficiado de las reducciones de los tributos internos y aranceles, y los pocos controles estatales que se ejercían sobre sus andanadas han sido barridos de las legislaciones. Ninguna disposición impide que el gran capital se desplace a lo largo y ancho del mundo, se apropie de minas y factorías, campos de cultivo y medios de comunicación, transportes y bancos, manipule las monedas, engulla la Hacienda pública y esclavice a la mano de obra.

Las utilidades obtenidas en condiciones tan ventajosas se concentran en las entidades financieras y destinan a atrapar ganancias enormes en cuestión de horas. La velocidad con la cual circulan determina que las cotizaciones de las monedas —como el peso—, de los bonos del Estado o de las acciones trepen o se desplomen, acumulando caudales en unas pocas manos y desplumando a millones de personas o a países enteros. Los distintos renglones económicos pasan de la agitación, cuando ofrecen alta rentabilidad, a la parálisis, apenas dejan de ser atractivos para los pescadores de río revuelto.

Es el ciclo por el que ha atravesado el sector inmobiliario en Estados Unidos. En la actualidad, los bancos están rematando allí millones de viviendas, puesto que los compradores no pudieron cancelar las cuotas, que crecían descontroladamente jalonadas por las tasas de interés. Dado que el Banco Central de los Estados Unidos, conocido con el nombre de la Reserva Federal, venía prestando a las entidades crediticias a tasas supremamente bajas, dichas entidades se habían dedicado a embarcar a la gente en deudas hipotecarias con intereses ajustables, con los cuales las facilidades ofrecidas al comienzo se convirtieron, a la postre, en un flagelo.

Los consorcios constructores vendieron las unidades residenciales a un plazo de 30 años, con garantía hipotecaria; enseguida, ofrecieron títulos valores respaldados por dichas acreencias, de tal manera que, casi de inmediato, dispusieron de nuevo del capital y, además, se despreocuparon de comprobar la solvencia de los compradores. Los bancos, que habían desembolsado buena parte del dinero para las construcciones, compraron estos títulos y, a su vez, emitieron una gran cantidad de papeles financieros que feriaron en los mercados internacionales. Mencionemos algunos de ellos. Los swaps los adquirieron quienes querían asegurarse ante el no pago; para ello, amortizaban una prima mensual y, en caso de incumplimiento, recibirían la totalidad del monto asegurado; lo cual explica por qué quienes los poseían estaban interesados en la quiebra de los deudores. Otros instrumentos fueron las denominadas obligaciones de deuda con colateral (garantía), (CDO), también respaldados con deudas hipotecarias; algunos de éstos devengaban una baja tasa de interés a cambio de mayor seguridad, mientras que otros prometían pagar una mayor tasa de interés al costo de un riesgo superior. Hoy, el mundo está inundado de títulos valores de todas las características y nombres; por cada uno de los cuales los bancos perciben derechos y regalías.

A su vez, los bancos crean fondos de capital de riesgo, mediante los cuales pueden mantener operaciones que no figuran en sus balances, controlan fondos de cesantías y de pensiones y entidades calificadoras de riesgo, encargadas de hacerle creer al público que las inversiones a las que lo invitan son fabulosas.

Cuando el incremento en las tasas de interés de las hipotecas empezó a causar que muchos compradores de vivienda entraran en mora o en pura y simple insolvencia y cayó el valor de las viviendas, todos aquellos que tenían títulos con ese respaldo se sintieron dominados por el pánico y corrieron a venderlos a pérdida. Los precios de las acciones de las empresas con inversiones en construcción y de los bancos altamente comprometidos con este negocio también sucumbieron en las bolsas de valores. Es el caso del banco Bear Stearns, cuyas acciones bajaron de $ 200 a dos dólares y del cual los depositantes retiraron en dos días más de 17 mil millones de dólares, lo que lo condujo prácticamente a la quiebra. Muchos pequeños inversionistas y ahorradores perdieron su dinero, y los fondos de pensiones sufrieron duros reveses.

Igualmente, en Francia, Alemania, Australia y varios otros países, numerosos fondos de capital de riesgo tuvieron que declararse en bancarrota. Lo peor de todo, hoy hay más de 9 millones de viviendas, sólo en los Estados Unidos, con embargos judiciales y en remate; la mayoría de ellas pertenecientes a personas de origen latino o de raza negra. Se calcula que en un año el número de unidades encartadas puede llegar a los 15 o 20 millones y ya el consumo, la parte más importante en el producto interno de esa nación, ha caído verticalmente y el desempleo prolifera; sólo en lo corrido de este año han perdido su puesto más de 300.000 personas, varios miles despedidas de las entidades financieras en el curso de unos pocos días.

Pero cuando se produjo el desastre ya los grandes financistas habían obtenido miles de millones de dólares de utilidades de los compradores de inmuebles, a quienes ahora despojan de la anhelada habitación; igualmente, habían recogido con creces, mediante la venta de bonos, el capital desembolsado. Ahora, los llamados fondos buitres, tentáculos de los mismos bancos, salen a hacerse a precio de ganga de las empresas, acciones y propiedades de quienes quebraron.

Como se puede ver, el capital financiero constituye una auténtica cadena de estafa, poderosa, legal, protegida y patrocinada por el gobierno de los Estados Unidos y por los organismos multilaterales que lo acolitan. Cuenta, además, con la bendición de los teóricos de la economía en boga, quienes han afirmado que el sistema financiero norteamericano es el más flexible y le han atribuido la hazaña de haber logrado dispersar el riesgo de crisis, cuando en realidad lo que ha logrado es generalizarla. Se le alaba, ante todo, sosteniendo que es el vehículo para asignar eficientemente los recursos: los recoge allí donde abundan y los coloca, donde son escasos. Esta función, aunque movida por el ánimo de lucro, extiende sus beneficios a toda la población y es la palanca del desarrollo. Así discurre la doctrina económica dominante.

Ante la magnitud del problema hipotecario, el gobierno de Estados Unidos y su Banco Central decidieron concentrar todos los esfuerzos en salvar a los bancos que enfrentaban dificultades. Por ello le facilitaron la suma de $ 30 mil millones de dólares al banco Goldman Sachs para que comprara acciones de Bear Stearns y evitar así que este se declarara en bancarrota. Bush, por su parte, devolvió más de $ 170 mil millones de dólares de impuestos. Por el contrario, para los millones de familias que enfrentan la inminencia de la pérdida de su vivienda no hay ningún alivio, sino que son calificadas de irresponsables por asumir créditos por los cuales no pudieron responder.

Quienes pregonan que el Estado es ineficiente y que por ello no debe intervenir en la economía, sino que, por contrario, ha de facilitar el libre desenvolvimiento de los mercados, cuando las grandes multinacionales o los más poderosos bancos arrostran pérdidas, acuden a la tabla de salvación de los dineros públicos; de tal manera que las ganancias son siempre privadas pero las pérdidas son de todos.

Estos son postulados que rigen la acción de la reserva Federal, que dice procurar la recuperación de la economía reduciendo la tasa de interés que les cobra a los bancos de 5,25%, en agosto pasado, a 2%, hoy. De tal manera que éstos pueden endeudarse a una tasa que es menor incluso que la inflación y seguir prestando en todo el mundo a altas tasas, como las que tiene que abonar el deudor colombiano, que pueden llegar hasta el 30%, lo que hace el negocio de los prestamistas bastante rentable.

Pero hay más. Las consecuencias son nefastas para economías como la colombiana, pues esa facilidad de adquirir dinero barato allá y prestar con alta rentabilidad aquí es uno de los principales factores que determinan el ingreso de enormes sumas de dólares a nuestro país; por ello el dólar se ha devaluado frente al peso colombiano, lo cual ha puesto en graves aprietos a muchas empresas exportadoras, entre ellas las que cultivan flores. Por ejemplo, en el año 2002 un dólar equivalía a $2.800, mientras que hoy representa sólo $1.780. Si, por ejemplo, el precio de cuatro rosas es de un dólar, el empresario colombiano recibía en 2002 $2.800 por ellas y ahora solamente percibe $1.800, lo cual explica el cierre de algunas de las firmas y el apuro por el que atraviesa la mayoría de ellas. Esta política de permitir la entrada masiva de capital extranjero ha sido considerada por el régimen de Uribe como uno de sus principales éxitos, aunque lleve a la industria de las flores, entre otras, al borde de la ruina. No obstante, el grupo de Augusto Solano, de Asocolflores, es un furioso partidario del gobierno actual. Esta sencilla explicación demuestra que no son los sindicatos ni los exiguos salarios los que arruinan las compañías, aunque sí son los proletarios quienes soportan la recarga laboral, humillaciones y el envilecimiento de la paga con los que las empresas tratan de resarcirse de las tribulaciones producidas por la revaluación.

Una vez la venta de inmuebles quedó paralizada en Estados Unidos, los financistas, aprovechado el crédito barato que les ofrece el banco central, se dedicaron a especular con los alimentos, el petróleo y otras materias primas. Estos productos ya venían al alza por el gran negocio de los bio-combustibles, que hace que la palma y el maíz se destinen a preparar etanol y que muchas hectáreas en las que se plantaba arroz se siembren con especies transformables en carburante. Esa es la razón de que el trigo, —y por lo tanto el pan y las pastas—, el maíz, el arroz, el aceite y muchos otros productos alimenticios enfrenten una escalada de precios que ya ha provocado hambruna y grandes protestas en muchos países. El propio Banco Mundial estima que este factor ha incrementado la cifra de personas que viven en la pobreza extrema en más de 100 millones de personas. Pero los tiburones de las finanzas no tienen escrúpulo alguno en someter a la inanición a millones de seres humanos, muchos de ellos niños, con tal de continuar lucrándose.

En los distintos momentos en que la crisis ha provocado temores, los inversionistas han huido de los mercados como el colombiano, produciendo una brusca caída de los precios de las acciones en la Bolsa de Valores, lo que ha determinado pérdidas para los trabajadores que se ven obligados a cotizar a los fondos de pensiones y cesantías, y los pensionados han visto reducidas sus mesadas. Los altos burócratas de esas instituciones juegan irresponsablemente en la bolsa con los ahorros destinados a atender las necesidades futuras de millones de trabajadores colombianos: en eso consiste la reforma a la seguridad social.

Los terribles traumas económicos que se padecen muestran la falsedad las aseveraciones sobre los beneficios del libre mercado. La economía mundial vive bajo la dictadura de los usureros, que cada día concentran más poder, no sólo económico sino también político; los renglones más necesarios para el bienestar no reciben la financiación que requieren, y cuando la obtienen, las condiciones son tales que al auge de recursos le sigue la ruina. La abundancia, fruto de la labor de ingentes masas de seres humanos, no se aplica a la prosperidad de todos, sino que se empuña como un arma por parte de un grupito de potentados que se enseñorea sobre la especie entera.
Los trabajadores colombianos necesitan entender a cabalidad cómo se está manejando la economía mundial y enfrentar unidos la despiadada embestida del gran capital. Untraflores estará a la altura de este compromiso histórico.