Un sindicato consecuente en cada empresa y toda la clase obrera de la floricultura en Untraflores

El Alca y el TLC arruinarán aún más a Colombia

El 18 de mayo pasado se iniciaron, en Cartagena, las conversaciones entre Estados Unidos y Colombia, que pondrán en marcha el llamado Tratado de Libre Comercio, con el cual los más poderosos grupos financieros estadounidenses buscan, con la complicidad de Álvaro Uribe, arreciar su control y saqueo de nuestro país. Ese día, las manifestaciones de protesta convocadas por la Gran Coalición Democrática y las centrales obreras fueron reprimidas brutalmente por el gobierno. Las negociaciones continuaron en el país del norte, en Atlanta.

Se tomarán como modelo el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, firmado por Estados Unidos, Canadá y México, y los pactos con Chile y Singapur. Se trata de un paso en la conformación del Área de Libre Comercio de las Américas, ALCA, que comprendería a toda América, desde Alaska hasta la Tierra del Fuego, con una población de 800 millones de personas, un producto bruto de 11 billones de dólares y unas exportaciones de bienes que en 1999 representaron el 22,5% de las mundiales: el mayor bloque comercial del orbe (Portafolio, 24 de abril de 2001). Las abismales diferencias en el nivel de desarrollo no permiten dudar acerca de quién se beneficiará con el acuerdo. Las multinacionales norteamericanas venderán sus productos y desplazarán sus capitales sin aranceles ni cortapisas, disfrutando además de mano de obra y recursos naturales baratos. Por su parte, las compañías europeas y japonesas tendrán que pagar el arancel externo común que se acuerde y sus inversiones quedarán en condiciones desventajosas. Se trata de consolidar el control gringo sobre el Continente y de obstaculizar a sus rivales.

Se busca entonces hacer de América un solo bloque económico, para lo cual se prepara un alud de disposiciones que extremarán la «liberalización» implantada en los años noventa, imprimiéndole fuerza legal. Los países perderán aún más su autonomía y aquel que se oponga o quiera dar marcha atrás, será bloqueado.

Los defensores del proyecto procuran engatusar a las naciones pobres, afirmando que serán las más beneficiadas por la eliminación de las barreras, pues tendrían a disposición no su pequeño mercado, sino el de América en su conjunto y, particularmente, el de Estados Unidos. Pero la verdad es que dicho acuerdo llevará a extremos la política de apertura económica que durante 14 años ha asolado nuestra economía, a tal punto que cientos de miles de hectáreas de cultivos transitorios han quedado incultas mientras que el país se ve obligado a importar millones de toneladas de alimentos. Con el tratado, renglones agropecu-arios como el maíz, el arroz, el azúcar, la producción de leche y carne irán a la quiebra a causa de la competencia de los productos procedentes de Norteamérica, que reciben enormes subsidios gubernamentales y cuentan con grandes ventajas tecnológicas y de capital. Esto traerá más ruina y desempleo al campo y redundará, finalmente, en un encarecimiento del costo de vida. Lo único que se podrá plantar en nuestra geografía, dilatada y rica, será aquello que no emule a las multinacionales gringas, o las materias primas que ellas requieran, que se les suministrarán a unos precios envilecidos por la competencia entre muchos países pobres, como está ocurriendo con el café.
Otro tanto ocurrirá con las manufacturas, que sufrirán un desastre mayor en renglones ya agobiados como la metal-mecánica, la producción de acero, de electrodomésticos y textiles, que se abaten por la desigual competencia foránea. La industria tendrá que limitarse a ensamblar para las multinacionales gringas los produc-tos en los cuales éstas estén interesa-das en rebajar los costos laborales. Esas actividades estarán exentas de impuestos, y los consorcios mantendrán el chantaje de trasladar las plantas a otras latitudes si se les pide algún tributo o cualquier clase de mejora salarial. Así pues, el país entregará su mercado, derruirá su base industrial y agrícola para lanzarse a una pugna con sus similares por atraer unas inversiones que, de llegar, no le dejarán sino ruina.

El capital usurero hincará con mayor fuerza su garra, ordenando mayores incrementos del IVA, y despidos de empleados, cierres de colegios y hospitales y el remate de cualquier bien estatal supérstite. La contratación estatal constituirá otro filón reservado a los linces de las finanzas internacionales, que aspiran a hacer leña con cada contrato de construcción de carreteras caminos o edificios públicos.

Como ya lo viene haciendo bajo el régimen uribista, con el pretexto de proteger la propiedad intelectual, los consorcios farmacéuticos internacio-nales harán que se prohíba totalmente la producción de medicamentos genéricos, con lo cual las medicinas alcanzarán precios astronómicos. En vez de la justicia colombiana, los tribunales de arbitramento internacionales decidirán los pleitos civiles, tanto entre firmas como entre estas y el gobierno. El tratado de libre comercio y el Área de Libre Comercio de América no sólo sumirán al país en la miseria, sino que entregarán de un todo la soberanía nacional, pues las multinacionales y el gobierno gringo tendrán injerencia directa en todos nuestros asuntos.

Tanto con el tratado bilateral como con el ALCA, los multimillonarios gringos podrán especular con la moneda colombiana y con las acciones de las firmas locales, determinando la devaluación o revaluación del peso y haciendo más gravosa la deuda externa y más inciertos los costos productivos. El endeudamiento externo se multiplicará y se cerrarán más escuelas y hospitales para destinar mayores recursos a engordar los bolsillos de los prestamistas. La experiencia de México, que lleva diez años entrampado en el Área de Libre Comercio de América del Norte es clara: la riqueza se ha concentrado en pocas manos y la miseria prolifera. El país azteca tiene que importar lo que antes producía y en las llamadas maquilas se trabaja por salarios de hambre para las empresas gringas que no pagan impuestos. 

Los trabajadores, empleados, pequeños y medianos produc-tores, debemos rechazar enérgicamente estos atentados contra la economía y la soberanía nacionales y denunciar la actitud antipatriótica de Asocolflores, que se ha convertido en uno de los gremios que promueven con más entusiasmo semejantes proyectos. Untraflores hace un llamado a la participación en las actividades de resistencia que se programen y a que los sindicatos, las organizaciones de los barrios, las empresas, el comercio, los estudiantes y los grupos culturales planteen iniciativas que contribuyan a esa resistencia. Al igual que la gesta que nos independizó del colonialismo español, esta lucha viene hermanando a los pueblos de todos los países latinoamericanos quienes ya están conformando el más grande frente de batalla de la historia.